miércoles, 20 de septiembre de 2017

Lecturas: "Contigo a la distancia", de Carlos Balmaceda

El escritor argentino Manuel Puig tuvo una amiga entrañable, Carmen Acuña, a quien conoció en un cine de General Villegas –la ciudad natal de ambos- cuando el gran autor tenía ocho años y la entonces niña tres más.
A pesar de todas las diferencias que existían desde los inicios de esa amistad y que se incrementaron a medida que Puig se volvía famoso y se radicaba en el exterior, la relación se mantuvo incólume a través de los años y las distancias, como dictaría la letra de un bolero.
Carmen, conocida como Carmencita, volcó en cuadernos las cartas que recibía de Manuel, quedando fijado así el desarrollo de una amistad que no tuvo desfallecimiento, a pesar de la notoriedad de Puig que contrastaba fuertemente con el hecho de que la mujer, casada y con una hija, vivió casi toda su existencia en el campo, llevando una vida anónima y considerablemente rutinaria.
Pero Puig, con intermitencias, con mensajes más cortos o más extensos, mantuvo viva esa amistad, confiándole sus secretos, sus deseos y sus pesares, mientras como contrapartida se volvía cada vez más exitoso y conocido en el orbe entero.
El marplatense Carlos Balmaceda, novelista, dramaturgo y guionista de cine, frecuentó a Carmencita en los últimos años de su vida, encontrándose con una persona muy sensible, que escribió sus cuadernos con mucha solvencia y tono poético, por lo que supo contar con vivo interés su relación de amistad con Puig.
Esta relación resultó ser más epistolar que personal, dado que el autor se fue de la Argentina en 1975, amenazado por la fatídica Triple A, para nunca más volver (murió en México en 1990, a poco de practicársele lo que se creía iba a ser una rutinaria operación de vesícula). Ella a su vez falleció en 2013, a los 87 años.

El autor marplatense
La novela. De aquellas conversaciones y, de manera especial, de los cuadernos, Balmaceda extrajo material para escribir “Contigo a la distancia. Manuel Puig en los diarios de Carmencita”, un libro presentado como novela, aunque está resuelto en “escenas” con impronta teatral.
Quien haya leído sobre la vida del autor de “La traición de Rita Hayworth” sabe que el cine, especialmente el de Hollywood, fue su gran obsesión y que su condición de homosexual le trajo aparejado un sinnúmero de dificultades y pesadumbres, que comenzaron cuando Manuel era un niño en el entonces pueblo de General Villegas, en el que sufrió discriminaciones y críticas recurrentes por no ser “un chico como los demás”.
Carmencita le ofreció su amistad sin cortapisas desde el primer momento, también su comprensión, algo que no ocurrió con el padre del autor, quien siempre le recriminó su manera de ser y actuar.
Puig vivió poco tiempo en su ciudad natal mudándose primero a Buenos Aires, luego a Italia y más tarde a Nueva York, donde después de fracasar como guionista de cine comprendió que debía convertirse en novelista.
Cuando se publicó “La traición” su fama comenzó de inmediato, fama que fue creciendo sin solución de continuidad y que se multiplicó cuando Héctor Babenco llevó a la pantalla “El beso de la mujer araña”, una película con la que el actor William Hurt consiguió el Oscar y que cobró repercusión internacional.
Puig, que regresó a su país natal a fines de los ’60, nunca se sintió en paz y comprendido en la Argentina.
Repudiado por muchos vecinos de General Villegas por contar historias reales en sus dos primeras novelas, no hizo buenas migas con colegas y críticos de Buenos Aires, en tanto su obra era muy valorada en varios países europeos. Luego, como se dijo, el escritor debió huir al ser amenazado gravemente por los grupos fascistas de la época y nunca más regresó al país.
En todo ese tiempo, a Carmencita le alegraban sus éxitos y trataba de consolarlo por sus desdichas, incluyendo las sentimentales, que fueron reiteradas, mientras se preguntaba cómo Manuel la seguía tomando en cuenta a pesar de éxito y fama.
Estos hechos, pero por sobre todo, lo que termina siendo la comprobación de una amistad sin fisuras mantenida a lo largo de las décadas, entre dos personas sensibles pero de vidas notablemente diferentes (con antagónicos puntos de vista sobre la vida y la muerte), es lo que va contando Balmaceda en “Contigo a la distancia”, un texto atravesado de comienzo a fin por las emociones y una alta sensibilidad y en la que se da un constante contrapunto entre una mujer que aunque sobresalía del resto no dejaba de ser una persona “común” y una personalidad conflictuada, lejana, tanto que muchas veces parece tornarse un fantasma y no una criatura de carne y hueso.
Un texto diferente, que permite el reencuentro con ese escritor excepcional que fue Puig.

(“Contigo en la distancia”, de Carlos Balmaceda. Planeta, Buenos Aires, 2017, 187 páginas. En Argentina: 249 pesos).

lunes, 11 de septiembre de 2017

Hoy se hará la presentación de "Tríptico de Verónica y otros cuentos"

Hoy tendrá lugar la presentación en la Feria del Libro de Santa Fe de mi nuevo libro de relatos, “Tríptico de Verónica y otros cuentos” que publica Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral. La presentación estará a cargo de la prologuista del libro, la escritora santafesina, nacida en Rafaela, Patricia Severín.
Mi nuevo libro incluye dieciocho trabajos inéditos, entre ellos los tres cuentos relacionados con el personaje Verónica, que es abordado desde tres ópticas diferentes y en otras tantas etapas de su vida, esto contado desde la perspectiva de un segundo personaje.
Las historias son en determinados casos veristas, en otras abordan la ficción fantástica y un grupo de cuentos pueden ser calificados de policiales.
La presentación se concretará a partir a las 17, en la sede de la Feria, que es organizada por distintas entidades de la ciudad de Santa Fe y se realiza en el predio de la ex terminal de trenes del Ferrocarril Belgrano, sobre el tradicional bulevar Gálvez, sitios emblemáticos de mi ciudad.
Este es el sexto libro de relatos que publico y, como también señalé, las lecturas de amigos como Ángel Balzarino, Enrique Butti, José Gabriel Ceballos y la propia Patricia Severín mucho contribuyeron para afianzar las virtudes que pueda tener y disimular, dentro de lo posible, sus debilidades.
Reitero mi agradecimiento a la coordinadora Ivana Tosti y a su equipo de colaboradores, de Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral, quienes pusieron mucho empeño para la publicación de mi libro.
Desde ya espero a amigas y amigos que puedan concurrir al evento.

martes, 5 de septiembre de 2017

"Cuentos completos", Juan José Saer. Los textos breves de un excelente narrador

Composición: Gerardo Morán
“Cuentos completos”, de Juan José Saer.
Seix Barral, Buenos Aires, 2017, 610 páginas.
Prólogo de Fabián Casas.
En Argentina: 549 pesos.

Dieciséis años atrás se compilaron por primera vez los cuentos del argentino Juan José Saer, una selección que el autor controló puesto que aún vivía (iba a morir en 2005). Es una valiosa selección porque Saer, aparte de haber sido el novelista de gran nivel que todos conocemos, fue una excelente cuentista. Su propia obra narrativa nace con el cuento (“En la zona”, 1960) y cierra también con una muy lograda colección de relatos cortos: “Lugar”, del año 2000, en el que desplegó sus mejores dotes de narrador. Digo "cierra" porque fue el último de sus libros publicado en vida.
En la presente recopilación Saer invierte el orden cronológico habitual, puesto que coloca en primer términos sus últimos cuentos y al final del libro los primeros, para que el lector, dice, tenga una perspectiva similar a la de él. Como quien desanda un largo camino, que en su caso fue de cuarenta y tres años de intensa escritura. Al publicarlos por primera vez sorprendió porque incorporó cuatro inéditos, escritos entre 1964 y 1965, a los que unificó bajo el título de “Esquina de febrero”. Estos textos fueron releídos por el autor nacido en Serodino, provincia de Santa Fe, cuando se encontraba organizando este libro y de los que confesaba tenían para él “un sabor intenso”, pero no por ser el de sus comienzos literarios sino por haber sido escritos en su juventud “irrevocablemente desaparecida”.
Una de las características más notables en Saer fue su ambición literaria: generar una región que le fuera propia, gestando un ámbito autosuficiente, al estilo de lo que hicieran sus admirados Faulkner y Onetti. La otra, que su obra tuviese vasos comunicantes permanentes. Y la tercera, que la lírica ingresara a la prosa.
Este ejemplo capital citado por Díaz, nos confirma aquello de la “ambición” literaria saeriana que, más allá de sus novelas y ensayos, se ve enriquecido con sus cuentos. La serie, además de los libros ya citados, incluye los títulos “Palo y hueso” (1965), “Unidad de lugar” (1967) y “La mayor” (1976).

La primera edición
de "En la zona"
En la zona. Aunque en “La mayor” se incluye un texto muy conocido de Saer, en el que a través de un personaje cuestiona el concepto de región, la ciudad de Santa Fe y la zona de distritos costeros que la circunda, es precisamente el sitio que de real “salta” a ficticio para constituirse en el territorio mítico donde transcurren las diversas historias de este autor, en el que reitera situaciones y personajes, muchas veces referidos desde perspectivas diversas y a veces hasta contrapuestas.
Sus cuentos son de tipo “tradicional”, ajustándose al género, aunque en otros, especialmente los que componen “La mayor”, difieren, volcándose al experimentalismo y a las formas heterodoxas, como ocurre en el excepcional texto que da título al libro y que –por su estructura y su forma de plasmarse en la página- trae nítidos recuerdos de la gran poesía de su maestro, el entrerriano Juan L. Ortiz.
Al respecto, en el prólogo al que titula “Nota”, Saer confirma esas intenciones: “Varios de entre ellos (habla de sus cuentos) difieren del género porque, considerando que la preceptiva del cuento moderno es demasiado rígida, me pareció que valía la pena explorar, en la ficción breve, formas más libres que las que recomiendan como clásicas”.
“La mayor”, escrita entre 1969 y 1974, vale decir cuando Saer trataba de hacer pie definitivo en Francia, fue un verdadero “parteaguas” en su obra. Se trata de una valiosa selección de formas breves, muchas de ellas experimentales, en las que el autor “jugó” con mucha libertad con la expresión literaria, todo lo cual le abrió nuevas puertas en su derrotero como escritor, tanto de ficciones como de poesía.
En “Cuentos completos” se incluye otras piezas capitales, como los que integran “Unidad de lugar” (especialmente, para mi gusto personal, “Sombras sobre vidrio esmerilado”, con su personaje Tomatis como protagonista principal de la historia) y la mayor parte de los relatos de “Lugar”, a pesar de que en algunos de esos textos el prologuista Fabián Casas percibe una “cierta pérdida” de su potencia creadora.
Se trata de un respetable punto de vista, aunque en lo personal considero que es uno de los libros más valiosos de la parte final de su obra. Pero, más allá de los acuerdos y los disensos, el presente volumen permite volver a incursionar el rico territorio de quien, si bien se afincó en la novela como su forma expresiva preferida, supo decir de manera personal y madura también en el difícil territorio del cuento.

“Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en el invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la punta azucarada en la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo, ahora, me llevó a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té, y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada. Sopo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo rápido la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua, por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago, ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente, que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay ni rastro, ni recuerdo, de sabor: nada”. (Fragmento de “La mayor”).

Datos para una biografía
Juan José Saer nació en Serodino, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1937 y falleció en París en 2005. En Santa Fe vivió hasta 1968 y tanto en esa ciudad como en su zona transcurre la mayor parte de su obra de ficción. Luego se radicó en Francia donde fue docente universitario. En Santa Fe fue profesor en la Universidad Nacional del Litoral. Es autor de más de una veintena de libros, integrados por novelas, cuentos, poemas y ensayos. Publicó cinco libros de cuentos: “En la zona” (1960), “Palo y hueso” (1965), “Unidad de lugar” (1967), “La mayor” (1976) y “Lugar” (2000). Los textos de estos libros más algunos inéditos están reunidos en “Cuentos completos” (2001/2017). Es autor de doce novelas: “Responso” (1964), “La vuelta completa” (1966), “Cicatrices” (1969), “El limonero real” (1974), “Nadie nada nunca” (1980), “El entenado” (1983), “Glosa” (1985), “La ocasión” (1986, Premio Nadal), “Lo imborrable” (1992), “La pesquisa” (1994), “Las nubes” (1997) y “La grande” (que se publicó inconclusa poco después de su muerte). Sus poemas fueron reunidos en “El arte de narrar”, volumen publicado por primera vez en 1977 y que tuvo varias reediciones y ampliaciones, la última en el año 2000. Es autor de varios ensayos, entre ellos “Para una literatura sin atributos” (1988), “El río sin orillas” (1991), “La selva espesa” (1994), “El concepto de ficción” (1997), “La narración-objeto” (1999) y póstumamente se conoció “Trabajos” (2005). Con materiales inéditos que fueron reunidos luego de su muerte, se publicaron “Papeles de trabajo” (2012), “Papeles de trabajo 2” (2013), “Poemas” (2014) y “Ensayos” (2015). Fue coguionista de “Las veredas de Saturno”, película de Hugo Santiago (1986). Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, italiano, holandés, portugués, sueco, griego, checo, japonés, hebreo, noruego y rumano.

Enlace en Internet:


Video: entrevista de la periodista Cristina Mucci en su programa “Los siete locos”, Buenos Aires, año 2000

martes, 29 de agosto de 2017

El invitado: Ángel Balzarino

Menos de tres minutos


Los diversos empleados que la atendieron a lo largo de los días que, paciente y tozudamente, concurrió al banco, parecieron empecinados en desmoronar los intentos por cobrar los haberes jubilatorios de su padre acumulados durante cinco meses.
-La Caja de Ahorro se encuentra a nombre de Feliciano Benegas. Sólo el titular puede disponer los fondos de la cuenta.
-Soy su hija. El único familiar que tiene.
-¿Acaso es su apoderada?
-Todavía no. Él iba a nombrarme…
-¿Quiere decir que en este momento no tiene mandato o autorización parfa operar en nombre de su padre?
-Fue imposible hacer eso porque mi padre sufrió un ataque cerebral.
Repentinamente. Hace casi cuatro meses. Vive por milagro. Y ayer…
-Lamento mucho lo ocurrido –por un segundo se descongeló la cara yerma del empleado-. Pero debemos ajustarnos a las disposiciones que tiene el banco.
-Por favor, comprenda que estamos viviendo una tragedia. Será echado a la calle si no pagamos los alquileres atrasados.
Debido a la frustración causada por cada visita al banco decidió recopilar abundantes elementos para avalar su pedido: fotocopia del documento de identidad de su padre, copia del contrato de alquiler, constancia de la fecha de la internación en la clínica, historia clínica, diagnóstico y las posibles secuelas del ataque cerebral.
Como también la presentación de eso había resultado estéril, esa mañana, decepcionada y haciendo gala de un desconocido coraje, apeló a la jugada más audaz: sacar de la cama a su padre y trasladarlo en una ambulancia hasta la sede del banco, sin atender la fuerte negativa de los médicos y asumiendo la total responsabilidad por someterlo a un riesgo tal vez fatal, convencida de que era la última y más efectiva alternativa para lograr el objetivo.
Hoy no volverán a burlarse de nosotros con excusas o pedidos extravagantes. Aquí está el titular de la cuenta. En vivo y en directo. Trató de infundirse un necesario hálito de energía cuando descendieron de la ambulancia y se ubicaron al final de la nutrida fila de hombres y mujeres que ocupaban la vereda del banco y procuraban, con una revista o simplemente las manos, defenderse del sol ya riguroso a esa hora de la mañana.
Al considerar que la espera habría de prolongarse varias horas, extrajo un pañuelo de su cartera y cubrió la cabeza de su padre que, derrumbado en la silla de ruedas en total flojedad, los ojos extraviados, no cesaba de emitir lastimeros quejidos. Aunque dolida por verlo así, no tenía la opción de aguardar una mejor oportunidad: la intimación para saldar la deuda vencía ese día.
-Le cedo mi lugar, señora –un hombre se apartó de la fila y con un gesto la invitó a mover la silla de ruedas.
-Es usted muy amable. Gracias.
-Sería bueno que algunos más le permitieran adelantarse un poco –le confió, bajando la voz-. Pero en la actualidad se han perdido los valores del respeto y la solidaridad. Sólo importa el individualismo.
Se limitó a asentir en silencio, más sorprendida por la generosa actitud del hombre que por observar a las personas apretujadas, sin posibilidad o deseo de moverse, castigadas por el calor y la espera. Entonces, casi en un abuso, se atrevió a solicitarle otro favor:
-¿Podría vigilar a mi padre? Le buscaré un vaso con agua.
La diligencia le insumió menos de un minuto. Y no supo si la pregunta del hombre la generaban las manos vacías o el rostro que debía estar desfigurado por la irritación y el desconcierto.
-¿Qué pasó?
-El dispenser no funciona.
-Oh, eso es bastante habitual –el hombre dibujó una sonrisa irónica. Un día se cae el sistema, otro no hay dinero en los cajeros, ahora no se puede tomar agua. Este banco es la eficiencia al servicio de los clientes. Sobre todo de nosotros, los jubilados.
-Tal vez quieran probar nuestra capacidad de resistencia.
-Buena reflexión –admitió el hombre-. Y el sol colabora bastante. Si no sufrimos un ataque de nervios o caemos desmayados, será muy difícil librarnos de una insolación.
Debió reconocer que la charla con el hombre le hizo más llevadero el tiempo hasta ingresar en el banco y ubicar la silla con su padre frente a la ventanilla de una de las cajas. Con el cansancio y la impotencia que había ido acumulando a lo largo de tantos días profirió las palabras en una correntada imperativa:
-Aquí está el titular de la Caja de Ahorro número 9135: Feliciano Benegas. Y necesita extraer los fondos que le pertenecen. ¡Ahora! ¡En este mismo instante! La apatía o frialdad como única reacción del hombre sentado al otro lado de la ventanilla acrecentó el oprobio y la humillación. Como si fuéramos unos pordioseros que vienen a molestarlo para pedirle una limosna. Por fin, luego de echar una mirada despectiva hacia su padre, pasó una hoja por la abertura de la ventanilla:
-Debe firmar este recibo.
-¿Firmar…? –maquinalmente también observó a su padre, repitiendo la palabra con incredulidad.- ¿Acaso es necesario…?
-Sí, señora –la voz del empleado resaltó una clara dureza-. Todo retiro de dinero debe estar respaldado por un recibo firmado.
-Pero no será posible… -se esforzó por mantener la calma y encontrar algunas palabras convincentes para desbaratar ese nuevo obstáculo-. Mi padre tuvo un ataque cerebral y no está en condiciones…
-Entonces no debió traerlo hasta aquí.
-Está vivo y consideré que era una prueba suficiente para que ustedes pudieran…
-Además de estar vivo es indispensable firmar un recibo, señora.
-¿Y eso no podría suplirse con las huellas digitales? –de improviso creyó descubrir una solución irrefutable-. Tengo conocimiento de que suele ser habitual para casos de personas con dificultades.
No sólo la cara del empleado tuvo una expresión más hosca sino también la voz denotó el mayor grado de hartura:
-Ese recurso no está habilitado en este banco.
Aunque le resultó inadmisible que precisamente ahí no se aplicara esa modalidad bastante común, no quiso entablar una discusión. En lugar de los ansiados frutos, se vio golpeada por el hecho impiadoso de tener que abandonar ese ámbito sin nada, como tantas otras veces, y, peor aún, sin ningún indicio sobre el lugar donde podría llevar ahora a su padre. Como anestesiada por los ojos fijos e inquisitivos del hombre, formuló con cierta timidez una pregunta, descorazonada:
-¿Y cuál es el método que aceptaría esta institución para que mi padre retirara el dinero que tiene depositado aquí?
Presumió que el hombre, al borde de la tolerancia, tendría un estallido de cólera. Pero se limitó a darle una información escueta:
-Un acta notarial. Se necesita la intervención de un escribano. Es el único que puede certificar lo que está ocurriendo y destrabar el problema.
-¿Un escribano…? En este momento yo no…
-El escribano de nuestro banco puede cumplir esa tarea.
Bueno… -un cerco pareció ir ahogándola-. ¿Y cuál sería el costo de este servicio?
-Quince por ciento sobre el monto depositado. ¿Está de acuerdo?
Se vio doblegada por la premura y la necesidad:
-Está bien. ¿Puede realizarse ahora esa operación?
-Sí. Deben ir a la oficina del escribano. Por el pasillo, última puerta, a la derecha.
Trató de aferrarse a la esperanza de estar a punto de superar el tramo final de una intrincada contienda para seguir soportando la queja monocorde y cada vez más histérica de su padre, ya demasiado fatigado por llevar alrededor de tres horas postrado en la silla de ruedas, y también para responder al frío y extenso interrogatorio del escribano. No se dejó ganar por una anticipada victoria al recibir el acta rubricada con la firma y el sello del escribano y presentarse de nuevo ante el cajero. Trémula, lo observó mientras revisaba las páginas.
-Perfecto. Todo en regla.
Tan auspiciosas palabras le hicieron desechar una protesta al notar la alta suma descontada por el honorario del escribano y se apresuró en guardar en la cartera los billetes que el empleado le extendía a través de la abertura de la ventanilla. Será suficiente para saldar la deuda y pagar algunos meses más de alquiler. Al menos por un largo tiempo no tendrá la amenaza de quedar en la calle.
Ya en la vereda, reprimiendo un grito fervoroso por haber concluido airosa un tortuoso episodio, por el celular llamó al servicio de emergencia. Sentada en la ambulancia, experimentó la alegría no sólo de poder apretar contra el pecho la cartera que continúa el preciado trofeo, sino también observar que su padre, a pesar del esforzado trajinar, no acusaba ningún daño adicional. De modo instintivo le aferró una mano, no ya para transmitirle afecto y tranquilidad, como había procurado durante el trayecto realizado casi cuatro horas atrás, sino con el deseo de compartir el bienestar por haber obtenido lo propuesto.
Ajena a los quejidos que, a través de variables cambios de intensidad, continuaban perforándole los oídos. Tal vez sea el único modo de revelar que está vivo. Sin tener la menor idea de que todas las molestias que debió aguantar esta mañana han sido por su propio bien.
Luego que la ambulancia se alejó y ella estaba a punto de abrir la puerta de la casa, una mano rugosa le cubrió la boca y un caño, frío e inconfundible, se hundió en su cuello.
-¡Soltá la cartera! ¡Rápido!
No atinó a moverse ni a pronunciar una palabra. Más aún por la presencia de otro muchacho, a un metro y con una pistola apoyada en la cabeza de su padre:
-¡Hacelo o mato al viejo!
Instintivamente abrió la mano que sostenía la cartera y de inmediato se vio libre de la presión de quien estaba a su espalda. Pero continuó inmóvil un rato, gobernada por el pánico. Hasta que, por el rugiente sonido de una moto, tuvo noción no sólo de que los atacantes desaparecían tan rápido como habían llegado sino, peor aún, de encontrarse absolutamente desvalida.
Allí, junto a su padre, frente a la casa ya inaccesible.

Este cuento integra el libro “Todos amábamos a Virginia Crespi”, publicado por Editorial de l’aire, Santa Fe, 2015.
´
Ángel Balzarino en el blog:

miércoles, 23 de agosto de 2017

"Anticonferencias", de Isidoro Blaisten. Rescate de un maestro inolvidable

Diseño: Gerardo Morán
“Anticonferencias”, de Isidoro Blaisten.
Tusquets, colección Rara Avis, Buenos Aires, 2017, 182 páginas.
Prólogo de Juan Forn.
En Argentina: 289 pesos.

“El humor –dijo Isidoro Blaisten- es una aristocracia del alma”. Estas “Anticonferencias” publicadas originalmente hace 34 años son recuperadas ahora para la colección Rara Avis que Tusquets  encomendó al argentino Juan Forn, inquieto lector que se propone organizar un catálogo de libros heterodoxos que, aunque perdidos en anaqueles, o nunca reeditados, conservan su potencia. Como ocurre con el libro rescatado de este entrañable escritor fallecido en 2004 y de quien, de a poco, se está reeditando parte de su magnífica obra.
Cuenta Forn que “Anticonferencias” nació cuando Emecé le encargó ubicar a autores que no habían sido publicados por ese sello por entonces independiente (hoy pertenece al Grupo Planeta, al igual que Tusquets).
Isidoro quedó sorprendido cuando el por entonces muy joven escritor le solicitó ese material que no tenía previsto volcar en libro.
Y eso se debía a que no se trataba de conferencias o ensayos, sino de un material un tanto inclasificable, con el que Blaisten solía presentarse ante el público porque a él las disertaciones “le salían” sólo de ese modo: “Yo no sirvo para dar conferencias, no me salen, yo digo que lo que hago son anticonferencias”.
O, en todo caso, disquisiciones propias del autor que, aunque nacido en  Entre Ríos, era un nostalgioso porteño de San Juan y Boedo, risueño, melancólico y, también, creador de cuentos poderosos y entrañables: “El cuento es una especie de delicadeza hacia el lector”, expresó alguna vez.
Qué nostalgia despierta el cuidadoso estilo de Blaisten. En los ’80, luego de que Argentina se desgarrara entre enfrentamientos internos, muertos, desaparecidos, dictaduras infamantes y guerras absurdas, era capaz de hablarnos de la aristocracia del alma y de la delicadeza con la que el autor se dirige al lector. Él no sabía lo que significaba agredir. Apelaba entonces al humor, a la más fina ironía, a las sutilezas. Escribía cuentos porque la novela se le negaba (aunque antes de morir llegó a publicar una única e inmejorable: “Voces en la noche”). Y como las conferencias “no se le daban” inventó una variedad de disertación que implicaba un discurrir por los diversos temas que eran de su interés.

Mario Jorge De Lellis
Un libro en tres partes. En rigor, las “anticonferencias” son seis. El libro se completa con una serie de “notas” y un extenso reportaje,  síntesis de entrevistas que le hicieron al escritor por aquel tiempo en el que cada dos o tres años sorprendía con un libro nuevo, aunque él sostuviese que “escribía poco” mientras que “los demás escriben demasiado”.
Sus disertaciones eran “derivativas”, partían de un tema determinado, vg. los malos recuerdos de la escuela en la que la profesora de turno “asesinaba” a la literatura, y luego seguían con anécdotas diversas, que en la mayoría de los casos incluían vivencias y recuerdos personales.
“Aburrimiento y literatura”, “Dinero y creación”, “Para qué sirve un poeta”, “Por qué no fui sartreano”, “El río de las congojas y las tres libertades” y “Ensayo sobre lo obvio” son los títulos de estas disertaciones plenas de jocosidad, de recuerdos, de revalorización de la literatura, de defensa de los poetas y la poesía, de ser en un mundo que al escritor Blaisten se le presenta muchas veces caótico, cuando no incomprensible.
En las Notas, cuenta una anécdota personal que lo ubica recibiendo un premio municipal en medio de una de las tantas crisis económicas que ha padecido la Argentina. Con el monto de esos premios, antes, los afortunados ganadores se compraban una casa o hacían grandes viajes. A él, en cambio, apenas le alcanzó para pagar los gastos de una modesta celebración que realizó con su mujer en un bar, después de cobrar el galardón…
Una cálida semblanza de su íntimo amigo, Mario Jorge De Lellis, muerto joven, un discurrir sobre el tango y la ciudad el día en que le encargaron una nota sobre Buenos Aires, otra semblanza, en este caso sobre Sarmiento, y sus vínculos personales con el gran estadista del siglo XIX, las reflexiones que le suscitan los poemas del tanguero Homero Manzi comparándolos con plomíferos bestsellers, se destacan en esta parte del libro, volumen que, como se dijo, se cierra con varias entrevistas que son agudas, cuando no cómicas, o melancólicas, de este escritor sobre quien, remedando a Discépolo, podemos decir que “se nos fue, pero aún nos guía”.

La primera edición del libro
“La brújula se rompió en 1955, una tarde de lluvia, en Chiclana y Garay, cuando yo tenía veintidós años. Era una hermosa brújula, chiquita, de acero, con una cadena de plata. Me la había regalado una mujer. El abuelo de esa mujer la había traído de España. Yo amaba a esa mujer. Esa mujer era casada. Cuando me regaló la brújula le pregunté por qué me la regalaba. “Porque estás desesperado”, me dijo.”

Datos para una biografía

Isidoro Blaisten (su verdadero apellido era Blaistein) Nació en Concordia, Entre Ríos, en 1933. Con su familia se radicó en Buenos Aires cuando era pequeño. Entre su ciudad natal y la capital federal argentina trabajó de redactor publicitario, periodista, fotógrafo y librero. En su primer libro, La felicidad (1969), ya desplegó sus virtudes como cuentista. Entre los libros más destacados, se puede nombrar a La salvación (1972), El mago (1974), Dublín al sur (1980), Cerrado por melancolía (1981), A mí nunca me dejaban hablar (1985), Carroza y reina (1988) y Al acecho (1995). También publicó los libros de ensayos Anticonferencias (1983) y Cuando éramos felices (1992). Su única novela, Voces en la noche, se publicó el mismo mes de su muerte, en agosto de 2004. En 1965 se conoció Sucedió en la lluvia, su único poemario. Tanto este libro, como Carroza y reina y Anticonferencias han sido recientemente reeditados. Su obra se tradujo al inglés, francés, alemán, griego y serbio, así como también recibió una gran cantidad de premios. Desde 2001 fue miembro de número de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española. 

Video: Isidoro Blaisten dialoga con la periodista Cristina Mucci, en el programa “Los siete locos” (sin fecha, subido a YouTube en 2014, duración 21,22 minutos

jueves, 17 de agosto de 2017

75 años sin Irène Némirovsky

La autora con sus hijas Denise y Elizabeth
Hoy se cumple un luctuoso aniversario, triste por definición: hace 75 años moría en un campo de concentración nazi la gran escritora Irène Némirovsky, quien había nacido en Kiev, Ucrania, en 1903. en el seno de una familia acaudalada que huyó de la revolución bolchevique para establecerse en París en 1919. 
Hija única, Irène recibió una educación exquisita, aunque padeció una infancia infeliz y solitaria. Años antes de obtener la licenciatura en Letras por la Sorbona, su precoz carrera literaria se inicia en 1921 con la publicación del texto Nonoche chez l’extralucide en la revista bimensual Fantasio. Pero su salto a la fama se produce en 1929 con su segunda novela, David Golder, la primera que vio la luz en forma de libro. Fue el inicio de una deslumbrante trayectoria que consagraría a Némirovsky como una de las escritoras de mayor prestigio de Francia, elogiada por personajes de la talla de Jean Cocteau, Paul Morand, Robert Brasillach y Joseph Kessel.
Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial marcó trágicamente su destino. Denegada en varias ocasiones por el régimen de Vichy su solicitud de nacionalidad francesa, Némirovsky fue deportada y murió en el campo de concentración de Auschwitz, igual que su marido, Michel Epstein.
Sesenta años más tarde, el azar quiso que Irène Némirovsky regresara al primer plano de la actualidad literaria con el enorme éxito de Suite francesa, su obra cumbre, cuyos originales manuscritos fueron conservados durante décadas por sus hijas, sobrevivientes del Holocausto dada la ayuda que les prestaran familias e instituciones cristianas quienes “escondieron” su condición de judías.
Suite francesa fue publicada en 2004 y galardonada a título póstumo con el premio Renaudot, entre otras muchas distinciones. Transcurridos 75 años desde su fallecimiento, las novelas de Irène Némirovsky han sido traducidas a treinta y nueve idiomas, demostrando el interés por una autora que se sitúa sin duda entre los grandes escritores del siglo XX.
De la autora, que mantuvo una tensa relación con su terrible madre y que nunca terminó de integrarse a la sociedad francesa, he expresado varias veces mi admiración por su capacidad para describir las siempre complejas relaciones humanas, recordar su pasado en la Rusia zarista y calar hondo en la vida burguesa de la Francia de entreguerras, reforzada por la reciente lectura (y consiguiente comentario) de los cuentos que integran su libro “Domingo”. Y también la inmensa pena que significó su muerte, tan injusta como deleznable.
Me resta puntualizar que, sorprendiéndome, en estos días he venido a enterarme que la inolvidable escritora falleció el mismo día y año de mi nacimiento, circunstancia que por cierto me conmueve.

En el blog:

sábado, 12 de agosto de 2017

El invitado: Álvaro Mata Guillé

Desde un lugar sin nombre
Ausencia de poesía, de pensamiento, de persona
No es extraño que la filosofía, la ciencia, la poesía, estén ausentes, en apariencia, de la vida cotidiana, que no se mencionen –ni se tomen en cuenta– en las campañas electorales, ni aparezcan en los planes de gobierno, como tampoco que perezcan anquilosadas en los sótanos de las academias o banalizándose en la sección de espectáculos de los periódicos y se vacíen, como se ha ido vaciando el lenguaje.
Su abandono es congruente con la decadencia cultural que viven las sociedades desde hace mucho tiempo, siendo un ejemplo de ello los sistemas educativos, encargados de saturar las aulas de formalismos e informaciones inútiles, antes que estimular la imaginación, el conocimiento, el balance crítico, sumidas en la burocratización y el sentimentalismo de los parámetros y los tratos, correspondiéndose con los nuevos valores que impone la sociedad de consumo, los que degradan referentes, invisibilizan la memoria y los vínculos, suprimen lo individual y lo transforman en una cosa más del mercado, en frivolidad, en indiferencia, en la monotonía de lo mismo, es decir, vedando el aliento vital de lo particular, que confrontado al entorno y a sí mismo, dio inicio a las culturas, al lenguaje, al ser humano.
No vivimos ya en la época en el que ser era la casa del lenguaje y del olvido del ser –del ser en el tiempo– sino su vaciedad, la vaciedad del instante consumiéndose entre el vacío y el ruido.

Manifestando lo propio. Al censurar lo individual, al vaciarlo o banalizarlo, se cercena –se debilita, se elimina, se sentimentaliza–, el elemento que da sentido a la sociedad plural: lo particular, la manifestación de lo propio, el sentir de cada uno, su intimidad, puesto que es en el individuo descubriéndose así mismo, palpando la interioridad de su cuerpo, el descubrir al otro como reflejo que le impregna, que principia lo plural, la convivencia, la cultura, lo social. Correlación entre sentir, pensar y existencia; entre lo diverso, lo disidente y lo distinto (no la uniformidad, ni lo mismo, tampoco la censura de la otra voz o del extrañamiento) en los que principia tanto la sociedad plural como a la persona, el pensamiento como la poesía: nuestra voz en la otra voz buscando su rostro en el lenguaje, buscándose a sí mismo en lo ausente, buscando su cuerpo y reconociendo su extrañeza ante el entorno, ante el abismo que se abre, en correspondencia también con el no saber que nos embarga, el vínculo con el otro y su misterio.
No debe sorprendernos, ante estas circunstancias, el ascenso de la barbarie, del fascismo, o que un patán, un inepto, un tirano nos presidan, que se imponga como valor de la convivencia la frivolidad o lo indiferente, si la cultura que producimos emerge del entretenimiento, del consumo, de la nada. El ascenso del sentimentalismo adolescente, el vaciamiento del lenguaje, hacen, que desde la banalidad como parámetro cultural, se diluya no sólo lo distinto, sino al individuo sumido en lo superfluo. Tampoco es de extrañar, que poesía o pensamiento, en muchos casos, dejen de conversar con lo otro, con la otra voz, con el más allá de las palabras olvidándose de la oscuridad que nos invade e invade al entorno, siendo el reflejo de la frivolidad, de la impostura, de la negación del dolor, de la presunción en la nada, pues al olvidarnos de nosotros ante el abismo, ante el misterio, de nuestro tránsito, no sólo perdemos voz y rostro, perdemos nuestra humanidad.

Álvaro Mata Guillé: Escritor, ensayista, dramaturgo, director de teatro. Nació en San José de Costa Rica en 1965. Coordinador general del Corredor cultural Transpoesía que integra festivales de México, Argentina, España. Director de Aire en el agua editores (México-Costa Rica) y del cuerpo editorial de la revista “Contra el tedio” (México). Es uno de los coordinadores del Festival Internacional de poesía Abbapalabra (México) que en el año 2016 reunió más de 32.000 personas. Escribe regularmente para la revista “Libros y Letras·, Bogotá, Colombia.
Director del proyecto de sensibilización desde la literatura “Chimalhuacán A la orilla del lago” (Estado de México).•Libros: Sobre los fragmentos, Madrid, España; Un país sin nombre, México; Más allá de la bruma, México; La niebla y lo ausente, antología, Buenos Aires, Argentina; Separata. Breve Antología, México; Debajo del Viento, (1ª.edición, Caracas, Venezuela; 2°edición, Rosario, Argentina); Intemperies, México; Escenas de una tarde, (1° edición, Costa Rica; 2ª edición, Bahía, Brasil). Ha participado como actor en la filmación de dos cortos.