sábado, 19 de mayo de 2018

"Seis historias grises" de José Gabriel Ceballos. Esa grisura donde no reina lo espectacular. Diálogo con el autor

Diseño: Gerardo Morán
Regresa el autor correntino con sólidos relatos protagonizados por hombres maduros quienes, de una u otra manera, se enfrentan con esos espejos que obligan a quitarse las máscaras y enfrentarse a íntimas verdades

Seis historias grises, de José Gabriel Ceballos
Moglia Ediciones, Colección Ojo Lector, Corrientes, 2018, 253 páginas.
En Argentina: 340 pesos. 

En una reciente entrevista, el autor definió a estas historias como relatos que “se esconden en esa zona de la vida donde parece que nunca pasa nada, esa grisura donde no reina lo espectacular pero que, a veces, nos revela tragedias profundas”.

Ceballos, excelente cuentista, ha vuelto al libro con estas ficciones que eluden todo humor (rasgo distintivo de no pocos de sus textos) para hablarnos de la extrema soledad de sus distintos protagonistas. “La literatura está para capturar retazos de vida”, comenta en el diálogo que transcribo al final de esta nota.

“Domingo con Lagarto en Avenida Costanera” (“El texto del Lagarto tiene más de treinta años”), sumerge al lector en el tiempo inmediatamente posterior al período de la tétrica dictadura de 1976-1983 y nos habla de un personaje siniestro que deberá enfrentarse al mismo mundo oprobioso que contribuyó a cimentar.

“Paterfamilias” (“Quise homenajear a la paternidad, un rol que llevo arraigado al extremo de la obsesión”) fue escrito hace más o menos una década y habla de la más que compleja relación que se establece entre el abogado Carlos Santillana y su vecino de pueblo, Arcieri, con mujer enferma e hija discapacitada. Santillana, divorciado, regresa al pueblo dejado atrás hacía varios años, que visita en forma periódica. Y durante ese regreso recibe una inesperada propuesta.

“La venganza” (lo ocurrido, cuenta el autor, “le sucedió, o casi, a un amigo mío”) habla de un enfermo grave, el doctor Feiges, que pese a ello deja el sanatorio para tomarse (en un contexto erótico) un desquite determinado, del que por supuesto nada se puede contar.

“Entrevistas con Julián Garcés”, cuento que tiene “un aire de experimento formal”, es un relato extenso que muestra confrontando a un escritor, consagrado y ya anciano, con dos jóvenes periodistas, audaces y contestatarios, Un secreto descubierto por los jóvenes obliga a Garcés a “mirarse” en el espejo, poco grato, de su pasado.

“Eros no se rinde” es un sensible homenaje a su amigo, el filósofo Eduardo Fracchia, escrito a comienzos de este siglo y poco después del fallecimiento del pensador chaqueño: “Cuando se muere un amigo muy querido, enseguida quiero meterlo en un texto, como personaje, para que siga viviendo allí”.

“Lazo de muerte” también refiere a los años de plomo, en este caso a partir del reencuentro (muchos años más tarde) de dos ex integrantes de grupos armados, un hombre y una mujer, que le sirve a quien narra para dilucidar un hecho fundamental de su vida, ocurrido en su confundida juventud.

Un espacio desangelado

Avenida costanera, Corrientes
Es acertado denominar “historias grises” a estas narraciones, en cuanto a que se trata de las vidas de seis personajes afectados por la soledad, por un espacio que -aunque la palabra sea trillada- me animo a llamar desangelado, porque carecen de aquello que tanto necesita el humano: el acompañamiento del otro y, también, de cierta dosis de esperanza.

El “homenaje” a Fracchia se ubica al margen de estas consideraciones, porque “Eros no se rinde” escapa a las reglas habituales del cuento. Aunque es obvio que si se desliza la tristeza respecto del amigo perdido y de los valores que entrañaban su forma de entender la vida y de actuar en consecuencia.

Aquellos que me resultaron los textos fundamentales de la serie (sin desmerecer a “La venganza”) son “Paterfamilias”, “Entrevistas con Julián Garcés” y “Lazos de muerte”. Y lo son por su complejidad, la serie de situaciones que se van planteando en cada una de esas historias.

En “Paterfamilias”, el estricto abogado Santillana para dilucidar lo que interpreta es un misterio que atañe a su vecino, adopta actitudes extrañas. Su conducta se modifica, bajan sus defensas y esos cambios inusitados lo muestran (al parecer) predispuesto a aceptar una inusitada propuesta.

Las idas y vueltas en el “interrogatorio” al que someten los jóvenes contestatarios al consagrado autor Garcés lo enfrentan con verdades que remiten a su pasado y que, también, refieren a lo “oculto” de su reconocida obra.

Por fin, el constante “salto” entre el pasado y el presente de los protagonistas de “Lazos de muerte”, habla de dos realidades muy diferentes, del inexorable paso del tiempo y de aquello que ocurre también: los cambios objetivos que se han producido en esas personas. Importa, en este caso, la rica recreación del pasado que practica Ceballos y la “intimidad” que pinta de algunos jóvenes militantes de los ’70 del siglo pasado. Además de tratarse de una compleja historia de amor, marcada por el deseo, pero también por la desconfianza mutua.

Tales los relatos del presente libro que, como suele ocurrir con las ficciones de Ceballos, no permiten la indiferencia y, por el contrario, convocan a la lectura. Porque siempre vale la pena leer a, como ha dicho Gustavo Sánchez Mariño, “este escritor consagrado que nunca deja de sorprendernos”.

Con el autor, en Santa Fe
Entrevista: “Ser cada vez más cuidadoso”

-Con Seis historias grises alcanzaste un número infrecuente de publicaciones entre autores que no viven ni son publicados en la Capital Federal. ¿Qué reflexión te merece el hecho?

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-Sí, publiqué bastante, aunque los primeros libros fueron ediciones de autor, de pocas páginas y tiradas muy chicas, que no salieron de mi región, el litoral. Por otra parte, publicar bastante me sirvió para ejercitar la autocrítica como ningún otro medio práctico. Darse cuenta de que uno publicó una porquería, algo que ya no podés remediar, te produce dolores de conciencia invencibles, que te obligan a ser más cuidadoso con lo que vas a llevar al libro en el futuro, cada vez más cuidadoso.

-Tu obra ha ido de un cierto “costumbrismo” plasmado a partir de la ironía (pero evitando el sarcasmo o la burla) hasta explorar nuevas zonas o temas, entre ellos el erotismo y esto que también suelen acusar tus textos: la presencia de la extrema soledad vivida por diversos personajes. Si estás de acuerdo con esos conceptos ¿qué otras reflexiones merecen tus trabajos vistos desde una perspectiva totalizadora?

-Lo más abarcador que se me ocurre es que la literatura está para capturar retazos de vida y ésta se compone de una heterogeneidad de elementos infinita, de modo que al escribir uno atrapa de todo, lo que puede. Como una red: un pescador no va eligiendo lo que caerá en su red.

-¿Cómo fuiste gestando tu libro? ¿Podrías referirte a cada cuento en particular?

-Son textos que surgieron en etapas muy distintas, espaciadas. Quise reunir algunas de esas historias que transcurren como detrás de un telón, ocultas hasta lo invisible, y que ni bien alzás el telón te revelan una profundidad insospechada. El texto del Lagarto tiene no menos de treinta años. El de los paterfamilias, unos diez. Ahí quise homenajear a la paternidad, un rol que llevo arraigado al extremo de la obsesión.  “Lazo de muerte” está tomado de mi adolescencia militante, en los 70 y en el pueblito, también un texto viejo. El del escritor Julián Garcés es el más joven. Ese aire de experimento formal surge de las ganas de jugar con la escritura que me asaltaron después de un pozo depresivo muy feo, una larga sequía. Bueno, la del médico devenido en asesino potencial le sucedió, o casi, a un amigo mío.

-“Eros no se rinde”, es uno de los cuentos del libro en el que rendís homenaje a tu amigo, el fallecido filósofo chaqueño Eduardo Fracchia. ¿Qué podés decir sobre él y por qué escribiste este relato?

-También lo escribí hace un buen tiempo. Digamos, allá por el 2000, poco después de la muerte de Fracchia. Hice algo así con otros amigos. Cuando se muere un amigo muy querido, enseguida quiero meterlo en un texto, como personaje, para que siga viviendo allí. Con Fracchia mi relación no fue prolongada pero sí muy intensa. Él desde la filosofía y yo desde la ficción nos poníamos a entrecruzar ideas y surgían cosas como ese cuento. En realidad, no es un cuento, es un proyecto de cuento montado sobre un cuento nunca escrito. Pero refleja muy bien el trato que tuve con Fracchia.

-La mítica población de Buenavista fue el sitio de partida de tu producción narrativa. En ella se desarrollaron múltiples historias que tus lectores hemos leído con sostenido interés. Sin embargo, desde hace tiempo Buenavista quedó atrás y has avanzado hacia otros temas, que es decir tomaste otros rumbos. ¿Cuáles son o serían ellos en la actualidad?

-Buenavista sigue apareciendo, aunque ya muy de cuando en cuando. Entre los tres libros inéditos que tengo armados, hay uno de un matiz erótico y con tres o cuatro textos de atmósfera aldeana. Pero no voy a permitir que Buenavista me agarre de nuevo del cogote, entonces me niego a planear un libro específicamente buenavistense. Y el rumbo actual es el que venga. Lo que dije sobre la red y la pesca.

-¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario? Si es así, ¿podrías contar sobre él?

-Una novela en andadura, por las 150 páginas, un gran metejón. Tiene que ver con una masacre que ocurrió en Misiones en los años treinta. Y corrigiendo y reescribiendo lo que ya viene de antes.
  
En el blog:



Video: José Gabriel Ceballos lee “Domingo con Lagarto en Avenida Costanera”. Lectura realizada en la sede de APA (Artistas Premiados Argentinos), de la ciudad de Buenos Aires, el 06.04.18, subido a YouTube el 15.4.18. Duración: 14,52 minutos. 

domingo, 6 de mayo de 2018

Lecturas. Saer: "A medio borrar"; Hemingway: "En nuestro tiempo"; De Santis: "Leyra"; Luna Almeida: "Marinka"


A medio borrar, de Juan José Saer. El autor argentino fallecido en 2005 elaboró a lo largo de casi cincuenta años una sólida obra narrativa (muy ligada a la lírica) que el paso del tiempo no ha hecho más que consolidar. Obra que, vista en perspectiva, puede ser dividida en dos partes: la que construyó en Argentina (en la ciudad de Santa Fe), constituida por seis de sus libros (tres novelas y otros tantos volúmenes de cuentos) y la que prosiguió en Francia, donde se radicó en 1968, lugar desde el cual fue ampliando y complejizando su perspectiva como escritor.
El libro aquí comentado fue preparado el año pasado en Santa Fe, en ocasión de realizarse un extenso homenaje a Saer al cumplirse el octogésimo aniversario de su nacimiento, y ahora lo ha reeditado Seix Barral para una mayor difusión. Se trata de una meritoria antología de textos que, en su mayoría, se corresponden con esa primera etapa de la obra saeriana, que se caracterizó desde el vamos por su rica paleta expresiva. Prueba de ello es el cuento “Palo y hueso”, que da título al libro del mismo nombre, de 1968. Historia que transcurre en zona de islas, próximas a Santa Fe, que va de la tragedia a la comedia y que Saer logró narrar superando los lugares comunes. En ella la incidencia del paisaje y de las costumbres lugareñas son fundamentales y a todo eso el autor supo plasmarlo con mucho acierto. El “adicional” para señalar es que escribió este cuento, muy representativo de su obra, cuando tenía veintitrés años.
El segundo texto a destacar es el que da título al volumen, publicado en La mayor (1976), nouvelle de unas cincuenta páginas de extensión y sin puntos y aparte. En ella aparecen los principales personajes que “informan” a la obra central de Saer, tales como Tomatis, el Gato y Pichón Garay, Washington y varios más. Transcurre entre Santa Fe y zonas aledañas (Rincón, Colastiné) en los años ’60 del siglo pasado y en el momento en que se registra una gran inundación del Paraná y sus afluentes, época en la que había escasas defensas para contener las aguas. Un texto de gran riqueza que se suma al breve, pero exhaustivo, y hasta didáctico, prólogo de Martín Prieto. Todo lo cual vuelve recomendable este volumen, especialmente para quienes no conozcan, o conozcan poco, la obra del autor argentino. (Seix Barral, 2018, 257 páginas. Antología preparada por Paulo Ricci y Martín Prieto. Prólogo de Martín Prieto. En Argentina: 215 pesos).

En el blog: Comentario sobre Cuentos completos; datos biográficos del autor: video: entrevista

Video: “La Palabra”, Capítulo 2, Temporada 1, del canal Encuentro. Subido a Youtube el 4.4.14. Duración: 27,55 minutos.



En nuestro tiempo, de Ernest Hemingway. In Our Time fue publicado en 1925, cuando el autor tenía veintiséis años. Se lo presenta como su primer libro, aunque en rigor se trata del segundo porque dos años antes había aparecido Tres relatos y diez poemas. El ahora publicado es un pequeño gran volumen constituido por relatos y viñetas (estas últimas referidas a episodios de la Primera Guerra Mundial, por una parte, y al toreo, por la restante). Varios de los cuentos son protagonizados por Nick Adams, alter ego del autor y personaje principal de algunas de sus primeras ficciones.
El título guarda su simbolismo, porque Hemingway lo tomó de una oración popular que expresa “Danos la paz en nuestro tiempo, oh Señor" y enlaza con varias de las vivencias de Nick, veterano de la Primera Guerra que ha vuelto afectado emocional y físicamente del frente de batalla (de ahí las viñetas sobre la guerra). Es singular en ese sentido “Río de dos corazones”, narración dividida en dos partes que muestra a Adams pescando y viviendo en campamento en absoluta soledad, en una suerte de abstracción total (digamos: ajeno al mundo), sólo atento al “acontecimiento” del presente, arriesgando todo el tiempo su vida porque se encuentra en un lugar peligroso, próximo a un pantano. Como se ve, ya desde sus inicios, Hemingway fue fiel a su principio de la teoría del iceberg, es decir relatar lo menos posible para decir lo más a partir de mínimas sugerencias.  Al respecto, cabe recordar que el autor de Adiós a las armas hizo suya la premisa del periódico Kansas City Star, su primer lugar de trabajo, que señalaba: “Utilice frases cortas. Utilice primeros párrafos cortos. Use un lenguaje vigoroso. Sea positivo, no negativo”. Y, habría que agregar en el caso de Hemingway, sea siempre elíptico, que el lector complete lo que falta con su imaginación, con sus deducciones. El excelente cuento “Campamento indio”, con Nick Adams niño, es ejemplar en ese sentido. El prólogo de Ricardo Piglia, escrito poco antes de su muerte, enriquece el volumen así como la sutil traducción del maestro Costa Picazo, Debe ponderarse este imprescindible rescate. (Lumen, 2018, 189 páginas. Traducción de Rolando Costa Picazo. Prólogo de Ricardo Piglia. En Argentina: 329 pesos).

Leyra, de Pablo De Santis. El argentino Pablo De Santis escribe tanto para el público juvenil como para el adulto y en ambos casos lo hace con solvencia. Vuelve a demostrarlo con la presente novela destinada a los jóvenes que transcurre en un instituto educativo al que llega Leyra, adolescente pobre que arriba a un ámbito desconocido, “habitado” por muchachas ricas y consentidas.
Con buen manejo del tempo narrativo, el autor de El enigma de París cuenta una historia de suspenso que roza el terror y logra mantener el interés respecto de los secretos del Instituto Témpore, donde se desarrollan los principales acontecimientos y en el que Leyra intenta dilucidar lo que de verdad ocurre detrás de las apariencias. De Santis juega con el humor (soterrado) y con los estereotipos propios de esta clase de relatos. Así, contrasta el mundo de bondad y casi de ingenuidad en el que viven abuela y nieta (Leyra) con la frialdad y hasta la maldad que anidan en el instituto, lugar en el que reina la directora del establecimiento, Lamarr, y en el que la protagonista irá madurando a base de duras experiencias. La habilidad que tiene para el dibujo será su gran aliada que le permitirá ir superando obstáculos y hasta enfrentar a su enemiga declarada, la alumna Bastiana, encarnación del Mal.
Con tales elementos y su habitual destreza narrativa, el escritor argentino entrega una ágil (y leve) historia entretenida hasta el final. (Loqueleo, 2018, 216 páginas. En Argentina: 230 pesos).

Marinka, de Rodolfo Luna Almeida. La guerra, se sabe bien, es una sucesión de desastres y deja tras de sí secuelas difíciles de superar. El argentino Rodolfo Luna Almeida cuenta en este libro las peripecias sufridas por Marina González, una niña vasca que en plena guerra civil española es trasladada a la entonces Unión Soviética. El traslado de los llamados “niños de la guerra” fue dispuesto por el gobierno republicano de España cuando las tropas franquistas iban imponiéndose en la contienda y Stalin se manifestaba dispuesto a recibirlos de la mejor manera.
No bien llegada a tierras soviéticas, la niña vasca se transformó en Marinka y debió vivir múltiples peripecias en el país desconocido, donde al comienzo tanto ella como los restantes pequeños arribados de España fueron recibidos con extrema consideración, pero a poco de estallado el conflicto entre la URSS y Alemania las condiciones de vida variaron sustancialmente, que incluyeron injusticias y sufrimientos constantes. De a poco, Marinka fue adoptando usos y costumbres del país que le dio refugio, aunque sin olvidar ni tierra natal ni familia. Pasados los años llegó a ser la mejor tornera del país socialista y también allí conoció el amor de Juanillo, así como el dolor, porque su primer marido murió a poco de haberse casado.
El regreso a España en 1956, casi veinte años más tarde de haber dejado su patria, las penurias de volver a vivir en un país regido con mano de hierro por Franco y que desconfía de “los niños de la guerra”, las dificultades de Marina/Marinka para adaptarse a los cambios, son recuperados por Luna Almeida en su biografía, que concluye cuando la protagonista decide dejar atrás España para reunirse con su hermano Félix, que se había radicado en  la Argentina, este país que a lo largo de su historia ha recogido a millones de refugiados y que ha dado cobijo también a Marina, mujer que hoy mismo sigue contando su infrecuente historia personal, cargada de peripecias, a quien quiera escucharla. (Planeta, 2017, 229 páginas. En Argentina: 330 pesos. En España: 11,99 euros).

lunes, 23 de abril de 2018

"Entre ellos", de Richard Ford..Sensibles retratos de sus padres

Aunque no con la riqueza de sus ficciones, el nuevo libro del autor norteamericano entrega a sus lectores una sensible aproximación a las figuras de sus padres y a la rica y compleja relación que mantuvo con ambos

Entre ellos (Between Them. Remembering My Parents), de Richard Ford
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2018, 162 páginas.
Traducción de Jesús Zulaika.
En España: 16,05 euros. En Argentina: 325 pesos.


“He vivido más años de los que vivieron mi padre o mi madre. Hoy no hay prácticamente nadie que los haya conocido. Y yo soy, por ello, la única persona que conoce estas cosas y puedo preservar estas memorias”, escribe el norteamericano Richard Ford en Entre ellos, su más reciente trabajo. En páginas sensibles y de elaborada prosa. rescata las figuras de su padre y su madre y, también, termina entregando un retrato sesgado del país que alguna vez fue.

No es intención del autor de El periodista deportivo exagerar la nota, ofreciendo retratos idealizados de sus progenitores o de sí mismo cuando niño, adolescente o joven, sino de presentarlos como fueron, o como recuerda que fueron, es decir con virtudes y defectos. Seres humanos, en definitiva.

En rigor, no estamos ante un libro enteramente nuevo, porque el “retrato” de Edna Akin, su madre, fue escrito por Ford muchos años atrás. En cambio,  el de su padre, Parker Ford, es reciente y se evidencia como un texto más pulido y esencial, prueba -podría decirse- de que los treinta años que separan ambos textos hablan del notorio crecimiento del escritor, de su claro dominio del oficio literario.

“El pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otra manera" escribió L.P. Hartley. Son palabras que podría repetir Richard Ford porque, en efecto, sus padres vivieron en un país diferente, con otras opciones de vida, con valores distintos a los de su hijo. Un pasado visto como si fuera una colección de fotos en sepia, de películas de comienzos del cine sonoro, aunque, por cierto, sólo cabe creerle a Richard, único responsable de lo que presuntamente hoy nos dicen o callan quienes fueron, porque no son otra cosa que fantasmas que únicamente hablan a través de él: “Imagínenlo. Tendrán que imaginarlo, porque no hay otra forma de hacerlo”.

¿Y qué nos dicen esos “ellos”? Que vivieron en un país de blancos protestantes profundamente racistas, convencidos de la supremacía de su nación sobre las restantes, un orbe machista y autosuficiente que permitía percibir la posibilidad de volver realidad el sempiterno American Dream.

Nada nuevo bajo el sol, y mucho más en estos días marcados por Donald Trump, pero más ingenuo, si se quiere, ligado a los sueños que proveía el Hollywood de los años dorados.

Parker era el “proveedor”, el padre de familia que, proveniente del campo, se inicia como empleado de una cadena de comestibles y más tarde pasa a otra, similar, donde se produce un asalto, a él lo golpean y, sin aclararle nada, sus patrones terminan despidiéndolo.

Pero, al poco tiempo se repone y comienza a trabajar como viajante de una empresa que vende almidón para lavanderías. A partir de ese momento, 1938, y hasta su deceso en 1960 seguirá atado a ese trabajo que le permite recorrer una y otra vez siete estados del sur de los Estados Unidos, en los que todavía “flota” la Confederación y, también, la utopía -violenta y reaccionaria- del Far West.

Parker, Richard y Edna
Los padres. El hijo. Sus padres se conocieron en plena Depresión, “un poco antes de 1938”, cuando faltaban el dinero y las oportunidades laborales, aunque (ella de diecisiete años, él de veinticuatro) no encontraron reparos en casarse pese a las estrecheces económicas. Decidieron andar por esos polvorientos, muchas veces desolados/desoladores, caminos del Profundo Sur norteamericano, viviendo en hoteles baratos, en casas ajenas, allí donde los sorprendiera la noche, sin grandes planes, pero, afirma su hijo, con profundo afecto mutuo.

Ese mundo, que les hacía vivir en una suerte de presente continuo, se quiebra cuando -quince años después casarse- Edna queda embarazada de Richard: “Pero entonces, para sorpresa de todos, mi madre quedó encinta en el verano de 1943. Y cambió el curso de todo”.
          
Los padres estaban acostumbrados a vivir “entre ellos”, sin que hubiera lugar para un tercero. Sin embargo, el hijo llegó, no habría que decir de sorpresa, pero sí que cuando tanto Edna como Parker ya no se lo esperaban porque, aunque desde siempre habían querido tener descendencia, durante esos quince años no lo consiguieron.

Se vieron entonces obligados a dejar de lado su nomadismo, afincándose en un lugar determinado, aceptando así que la presencia del nuevo miembro de la familia había “cambiado el curso de todo”.  Pese a cuanto se pudiera pensar, Richard fue aceptado con amor y ese amor de padres lo acompañó a lo largo de su vida. Fue un hijo único muy querido, aunque supo que había un mundo/otro integrado por sus padres al que nunca tuvo acceso, ese mundo de “entre ellos”, lo cual nunca fue un obstáculo para comprenderlos y amarlos. Y es por ese mismo amor recibido que escribió este libro.

“Ser un hijo tardío es un lujo, con independencia de cualquier consideración, pues ambas cosas te invitan a conjeturar a solas sobre el tiempo que fue antes”, afirma.

Conjeturas que en el libro aparecen como preguntas para las que, por supuesto, no hay respuestas. Ford, en todo caso, se limita a formularlas, porque todo el libro es una sucesión de hechos que pudo comprobar y no se adentra en supuestos, nada hay imaginario acá, aunque el libro sea en definitiva, un texto literario.

A ello mucho contribuye su estilo, que ha ido acentuándose, puliéndose, en cuanto a ascetismo narrativo, diciendo sólo lo indispensable, contando con una rigurosidad extrema, estilo que le permite “contener” o evitar los desbordes emocionales. 

Parker, por su trabajo como viajante, fue un padre ausente de lunes a viernes, durante años, hasta que se enfermó y, luego de diversos ataques al corazón, terminó muriéndose frente a mujer e hijo, quienes intentaron vanamente auxiliarlo. Richard tenía dieciséis años cuando vivió esa experiencia dolorosa, íntima, terrible, puesto que trató de hacerle respiración boca a boca -sin saber exactamente cómo proceder- en un episodio que lo debe seguir acompañando hasta hoy.

Edna falleció mucho tiempo después, cuando Ford empezaba a ser reconocido como escritor, aunque ella se preocupaba porque su hijo no tenía un empleo estable. Fue una relación que tuvo sus dificultades y que no terminó como el autor hubiese querido: cuando Edna insinuó la posibilidad de la convivencia, Richard le contestó de una manera ambigua, también impensada, que ella interpretó como una negativa. “Es una frase que desearía no haber dicho nunca”, confesó varios años después.

 “Las ausencias parecen cercarlo todo y entrometerse en todo. Aunque, al reconocerlo, no puedo permitir que ello sea una pérdida, ni un hecho que lamento, puesto que es solo la vida: otra verdad perdurable en la que debemos reparar”.

Richard y Edna
La segunda parte de este libro ya había sido publicada con el título de Mi madre, in memoriam, parte del libro Vintag Ford, selección de textos del autor aparecido en inglés en 2004. Seis años más tarde lo publicaría Anagrama como relato autónomo.


Richard y Kristina
En la actualidad prepara Be Mine, que, de concluirla (supone que de aquí a tres años), será la quinta de sus obras protagonizada por Frank Bascombe, casi su alter ego (El periodista deportivo, El Día de la Independencia, Acción de Gracias, Francamente, Frank). Ford vive actualmente en Nueva York porque está dictando clases en la Universidad de Columbia. Decididos a no tener hijos, al igual que sus padres, ama a Kristina (Hensley), la mujer con la que se casó hace cincuenta años y a quien dedica todos sus libros. “Perderla sería terrible”, ha confesado.

La edición
en inglés
“Un hijo único capta muchas cosas, y posiblemente más si sus padres tienen cierta edad. La imaginación de un hijo único la hacen vibrar melódicamente las cosas que sus padres dicen y no dicen. Siempre he dicho y sigo creyendo que mi infancia fue feliz. Pero eso no equivale a decir que la nuestra fuera una vida normal. La edad de mis padres no era la normal para tener un primer hijo. Ni siquiera ellos creían que lo fuera. Existía la creencia tácita de que deberían haber sido más jóvenes, o de que yo debería haber nacido quince años antes, cuando ellos eran unos adultos ‘nuevos’. Crecí sintiendo que debería haber sido más mayor, o que era más mayor. Había habido tanta, y tan importante vida antes de mí, de la cual sabía tan poco y de la que ellos no querían hablar, ya que yo aún no estaba en ella… No recuerdo a ninguno de ellos diciéndome, cuando me estaba haciendo mayor: ‘Richard, ¿te acuerdas…?’ O: ‘Richard, una vez tu padre y yo…’ De lo que hablaban y lo que estaba siempre en el aire era únicamente el presente, interrumpido por los largos espacios de tiempo entre el lunes y el viernes. Estas ausencias hacían que su unión fuera más estrecha y alcanzara cimas muy altas, pues juntos era la única forma en que habían estado siempre. Yo era el punto donde las cosas se habían desviado, y siempre lo sentí así. Para que la nuestra fuera una vida dichosa se requería ciertamente amor, y -por mi parte- disposición para colmar algunas cosas y eludir otras”.

En el blog:
En internet:


Video: discurso pronunciado por Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016, en la ceremonia de entrega de ese año. Subido a YouTube el 28.10.16. Duración 11, 1 minutos. Subtitulado. Seguido por un segundo video: conferencia de prensa de Ford luego de serle entregado el premio en la ciudad de Oviedo. Subido a Youtube el 18.10.16. Duración: 23,40 minutos. Traducción simultánea.

miércoles, 11 de abril de 2018

"Un andar solitario entre la gente", de Antonio Muñoz Molina. La basura, la ansiedad, el ruido

Diseño: Gerardo Morán
En su más reciente libro el español Antonio Muñoz Molina vuelve a privilegiar el ensayo y la autoficción, en este caso para hablar críticamente sobre el hiperconsumo y el individualismo en la Ciudad contemporánea

Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina
Seix Barral, Barcelona, 2018, 494 páginas.
En España: 20,90 euros. 
En Argentina aún no se lo ha distribuido. No obstante, en librerías on line al libro en edición papel se lo consigue a 973 pesos y en formato e book su precio oscila entre 206 y 224 pesos.

”Este mundo, basado en la novedad permanente, no es sostenible porque lo único que produce es basura, ansiedad y ruido”, afirmó Antonio Muñoz Molina en una reciente entrevista, realizada a propósito de la aparición de su más reciente libro, una especie de larguísima caminata por la Ciudad, a la que observa de modo crítico, como si la descubriera, viera, por primera vez.

Comenta el autor de El jinete polaco que tuvo esa visión, o revisión del mundo, cuando “advirtió” los carteles que en gran profusión se hallaban, como rodeándolo, en el metro (o subterráneo) madrileño. Fue como una suerte de despertar ante la compulsión al consumo que nos ordena la sociedad en la que vivimos. De ahí en más, el escritor comenzó a recolectar toda clase de avisos que aparecían no sólo en los medios, sino que parecían esperarlo a cada paso que daba por la Ciudad.

Digo Ciudad, porque las más grandes diseminadas en el orbe constituyen una suerte de megalópolis universal que extiende sus múltiples e interminables tentáculos por el mundo. Se llaman Madrid o Nueva York, París o Hangzou, y en todas ellas el caminante que la atraviesa se ve sacudido por la sociedad consumista y también líquida, de la hablaba Zygmunt Bauman, en la que los valores del compromiso y la solidaridad, de una cierta conciencia crítica decrecen, cuando no desaparecen, en beneficio de un individuo absorto, que compra lo inmediato para desecharlo también en forma muy rápida, aunque eso efímero que adquiere lo sobreviva por cientos o miles de años en forma de basura.

.Precisamente, el escritor español interpreta, y lo dice explícitamente, que ”nuestro legado (como civilización) será una montaña de basura”.

Luego de superar un cuadro de depresión, Muñoz Molina emprendió la tarea de ir recogiendo estos “testimonios” de nuestro tiempo, al tiempo de ir consignando sus reflexiones escribiendo en libretas. A lo colectado tanto en las calles como recortados de los medios, fue ubicando en carpetas como si fueran collages. Decidió por otra parte ignorar lo digital, escribiendo con lápices, recortando con tijera, pegando en papel, consciente de que el trabajo físico le ayudaba a tomar una perspectiva más aguda de cuanto estaba viendo, reviendo, revisando a fondo.

El autor nacido en Úbeda armó diecisiete carpetas con dichos collages y sus notas, primero escritas a mano, luego pasadas a computadora u ordenador, totalizaron mil páginas, “excesos” que lo obligaron a tomar una determinación, es decir qué hacer con tanto material.

Inicialmente, pensó en dividirlo en tres partes, a las que de manera provisoria había denominado “Oficina de instantes perdidos”, “Caminatas por Nueva York” y “Recuerdos infantiles”, hasta que terminó afincándose en soledad, en Nueva York, casi como un anacoreta de nuestros días, para concluir el libro que hoy comento.

Walter Benjamin
Los coprotagonistas. En el decurso de la “elaboración” de Un andar, Muñoz Molina decidió incorporar a otros “coprotagonistas” que vivieron también, como habitantes “móviles” en la Ciudad moderna que, en ese entonces (siglo XIX), comenzaba a emerger: ellos fueron también escritores y se llamaron Thomas de Quincey, Charles Baudelaire, Herman Melville, Walter Benjamin y Edgar Allan Poe, especialmente este último. A ellos se sumará, en el siglo siguiente, un tal Fernando Pessoa.

A diferencia de Muñoz Molina, ninguno de ellos fueron convocados por el reconocimiento, la masiva publicación, la repercusión pública de sus nombres. Por el contrario, tuvieron vidas miserables en la mayoría de los casos o, como ocurriera con Melville o Pessoa, vivieron en el casi o total anonimato y sus obras fueron conocidas, o revalorizadas, sólo después de sus muertes.

De cierta manera, el escritor español y “deambulador” los imita, en cuanto que al marchar por la Ciudad se les pone a la par, observando el comportamiento de las multitudes que -en embrión- comenzaron a “ver” en las metrópolis que empezaban a ser tales, esos seres sensibles llamados Melville, Benjamin, Baudelaire, Poe…

El libro de Muñoz Molina está dividido en dos partes, “Oficina de estantes perdidos” y “Don Nadie”, la primera mucha más extensa que la restante. Ambas, a su vez, están compuestas por textos breves que comienzan con líneas en negrita tomadas de la publicidad más actual, crudamente exaltadora del híper consumo: “Escapa a la ciudad al mejor precio”, “Ven y desafía tus sentidos en un idílico enclave”, “Cambia ahora el color de tu mirada”, “Este verano sumérgete en una nueva realidad”, “Queremos que nuestra experiencia haga mejor tu futuro”, “Descubrir cosas nuevas es lo que te mantiene vivo”, “Déjate tentar”… y así de continuo.

Al libro, impreso en papel ecológico y de gran calidad gráfica, le ha añadido una profusión de collages tomados de las carpetas antes aludidas, así como fotografías de los autores citados.

En suma, Un andar solitario entre la gente intenta ser una amplia visión/revisión de la sociedad capitalista en la que se advierte un creciente debilitamiento de los valores democráticos, al tiempo que se exaspera esa obligación al gasto innecesario y contumaz, mientras un sector privilegiado agudiza su poder y su riqueza. No es bueno esto que pasa, advierte Muñoz Molina, y su caminar incesante (que es decir sus agudas observaciones) intenta señalar, señalarnos, que el mundo sería mejor si resistimos, denunciamos, agudizamos nuestro sentido crítico.

En búsqueda de Poe

En la segunda parte de este amplio volumen, el autor de El invierno en Lisboa cuenta sus experiencias al emprender una larguísima caminata que lo llevó desde el centro de Nueva York hasta los confines del Bronx donde se preserva la última, y pobrísima, vivienda de Edgar Allan Poe. El extenso periplo le permite encontrarse con una variedad casi interminable de hechos y personas, que varían sustancialmente no bien avanza por el deprimido Bronx, donde “tropieza” con otro mundo, el de los indocumentados, latinoamericanos en su gran mayoría, que viven una vida distinta, carenciada, y en la que intentan mantener usos y costumbres (sin olvidar la comida) propios de las tierras nativas que han dejado atrás.

Mientras deambula, Muñoz Molina reconstruye la vida azarosa, dolorosa, triste, de Poe, leído con admiración en Francia y no así en su país (aunque todos reciten su poema “El cuervo”), pobre de solemnidad, profundamente autodestructivo, casi el escritor maldito por definición. A mi juicio, son las mejores páginas del volumen.

El plástico asesino

En otro apartado, el autor cuenta sobre un técnico que se ha obsesionado con la basura, incontenible, interminable, que se arroja al mar. Este hombre, acompañado por otros obsesivos como él, se metió en las entrañas de un enorme cachalote, de varias toneladas de peso, que apareció muerto en la playa a causa del plástico ingerido. No algo menor, sino una inmensa cantidad de plásticos de todo orden que ingresó a su estómago hasta completar los dieciocho kilogramos que terminaron matándolo. 

El técnico ha catalogado cuanto se arroja al mar, a los mares, una basura que no concluye nunca centrada en el plástico, aunque no es lo único. Y, de paso, como referencia de lo que nos pasa de verdad, comenta que en el mundo, por año, se fuma nada menos que cinco billones de cigarrillos por año. Millón de millones: 5.000.000.000.000.

Aquí sí que corresponde decir el resto es silencio.

El otro

Aunque se intenta presentar este libro como novela, en rigor no lo es, puesto que antes que nada estamos ante un ensayo que, cada tanto, se enlaza con la autoficción. Respecto de esta última, el autor cuenta, cada tanto, sus presuntos encuentros-desencuentros con un ser huidizo que se presenta en los bares que frecuenta y que así como aparece, desaparece sin dejar rastros. Es una persona que tiene la peculiaridad, dice AMM, de que sus rasgos físicos no se recuerden cuando deja la escena, como el protagonista de una de las novelas de James Hadley Chase. 

También acusa “el talento” de no ser visto de frente. Suerte de doble del propio escritor, una presencia fantasmal a la que persigue, sin demasiada suerte, a lo largo del libro hasta que…

“Al cabo de un cierto tiempo me di cuenta de algo: lo veía en un sitio, pero nunca llegar a él o irse. Lo veía en una mesa del Comercial y luego ya no lo veía. O bien no estaba y no aparecía o bien había llegado antes que yo. Es raro que tardara tanto en darme cuenta. Pero hice memoria, dentro de lo posible, de cada uno de nuestros encuentros, y nunca había ninguna imagen suya entrando en el café en el que yo ya estaba, o yéndose antes que yo, y mucho menos saliendo a la par. Alguna vez que nos citamos yo me adelanté por un escrúpulo de puntualidad. Llegaba diez minutos, un cuarto de hora antes. Pero él ya estaba en el café, en una mesa entre el ventanal y la pared del fondo, fronteriza entre la claridad y la penumbra. Una mañana me asomé y no lo vi. Había llegado con veinte minutos de adelanto, bien es verdad. Satisfecho de mí mismo, vindicado en mi puntualidad, fui al kiosco a comprar periódicos y alguna película de saldo. Miraba la salida del metro, la esquina de Fuencarral, la de la calle Sagasta, diciéndome que no sería posible no verlo venir, porque faltaban ya pocos minutos para la hora de la cita y él nunca llegaba tarde. (…) Parado en la acera, con los periódicos bajo el brazo, con una película muda, veía a la gente subir por la escalera del metro, aunque no me parecía un medio de transporte que él utilizara. Como estaba delante del ventanal miré hacia el interior del café. Allí estaba él, en el sitio de siempre, perfectamente instalado, con su cartera o su portafolios a un lado de la mesa de mármol. ¿Había estado en el baño cuando yo entré y por eso no lo vi? Pero yo tampoco recordaba haberlo visto ir al baño o regresar de él”.

En el blog:

En internet:

Videos:
Imprescindibles, programa dirigido por Álvaro Giménez Sarmiento, de la Radio Televisión Española. Este capítulo se titula “Antonio Muñoz Molina, el oficio del escritor”, amplio documental sobre vida y obra del autor, quien también dialoga con su mujer, la escritora Elvira Lindo. Programa subido a Youtube el 31/10/15. Duración: 57,56 minutos.



Página 2. Programa dirigido por Óscar López, de Televisión Española, subido a Youtube el 3/3/18. Duración: 11,22 minutos.