viernes, 1 de diciembre de 2017

Premio Labor Literaria Asde 2017

En un acto cargado de emociones, la Asociación de Escritores de Santa Fe (ASDE), me entregó el Premio a la Labor Literaria 2017. Mi emoción fue mayor aún porque el acto fue cerrado por mi hijo Gerardo, cantautor, quien presentó algunas de las canciones que integran su reciente disco “En un cielo abierto”.
El evento se desarrolló en el Centro Cultural Municipal de Santa Fe, al que asistieron miembros de la Asde así como familiares y amigos que me acompañaron en la ocasión, muy importante para mí. Esa noche se confirieron otras distinciones, entre ellos la Faja de Honor al libro de relatos “Adoquines sueltos”, del rosarino Billy Boldt, al tiempo que se presentaron los últimos números de la revista de la entidad. Ofició como maestro de ceremonias el secretario de Cultura de la Asde, el escritor Miguel Ángel Gavilán.
En lo que refiere al premio que me fue otorgado, mi colega y amiga, la presidenta de Asde, Trudy Pocoví, hizo repaso a mi doble carrera, si así la puedo llamar, de periodista y escritor y luego me entregó un diploma y de una estatuilla diseñada por el artista local Roberto Favaretto Forner. Sobre la estatuilla, la escritora y coreuta hizo saber que la obra de arte había sido objeto de un determinado tratamiento que llevó adelante su esposo, el fotógrafo y también amigo Leonardo Rosenfeld, quien me envió un sentido mensaje de felicitaciones. Con Leonardo hemos trabajado en un diario hoy desaparecido, él en su calidad de fotógrafo y yo, claro está, como periodista.
Luego me tocó hablar. Improvisé palabras haciendo referencia a lo que significaba escribir fuera de los circuitos comerciales, en una ciudad como la de Santa Fe en la que es arduo realizar tareas artísticas, ya se tratase de literatura como de cualquier otra disciplina. Se lucha contra la indiferencia y todo implica un esfuerzo permanente.
En cuanto al escribir, recordé los “consejos” que daba el joven Chéjov en una revista humorística de su época, señalando que los padres debían tomar a los recién nacidos y mientras se los castigaba había que decirles “no debes ser escritor”, varias veces. Si esa y otras “lecciones” semejantes no prendían en la criatura, agregaba el que sería luego un gran autor, el padre de turno debía resignarse y aceptar que ese niño, o esa niña, sería irrenunciablemente una persona ligada a las letras de por vida.
También recordé palabras de Onetti, imaginando que como escritor tuviese que declarar ante el tribunal de Praga que juzgó a Joseph K. Puesto ante el inflexible juez que supuestamente me preguntara sobre por qué escribo, dejando de lado cualquier motivo o pretexto “social”, obligado a ir a lo esencial, diría como el inolvidable escritor uruguayo: “Se escribe porque no hay más remedio”.
Manifesté que aunque muchas veces nos vemos compelidos a expresar que tenemos una determinada profesión, ajena a la literatura, lo cierto es que antes que nada nos sabemos escritores. Personas que con estéticas disímiles, con criterios distintos, con búsquedas expresivas diferentes, luchan con la palabra para extraer de ella lo que se quiere o se intenta decir.
Expresé, por fin, que más allá de las búsquedas y los logros, las escritoras y los escritores no dejamos de ser cronistas de la época que nos toca vivir. Y, que dejando de lado las adhesiones mayores o menores que recibamos en nuestras vidas, en cuanto santafesinos, lo queramos o no, somos también la propia voz escrita de Santa Fe, sostenida a lo largo de generaciones.
Diego Oxley
Rendí mi homenaje a tres autores de la región, Diego Oxley, Edgardo Pesante y Arturo Lomello, pidiendo disculpas por omitir a otras personas que se destacaron en los sesenta años de vida de Asde, pero los citados tuvieron significativas incidencias en mi vida y tanto con Oxley como con Arturo compartí el trabajo periodístico. Fueron, además de escritores, excelentes personas.
Antes de que cantara Gerardo, quise destacar el gran acompañamiento que a lo largo de los años he tenido de mi familia, es decir mi esposa Zulema y mis dos hijos, Pablo y el propio Gerardo que, lo dije allí y aquí lo reitero, han sido verdaderos puntales en mi existencia y gran compañía en mi vida de escritor.
Gerardo, tanto o más emocionado que yo, pudo superar el momento y ofrecer un breve recital que fue muy recibido por el público asistente. El acto se cerró con un brindis.
Además de Trudy y Miguel Ángel, integran en la actualidad la comisión directiva de Asde María del Carmen Villaverde de Nessier (vicepresidenta), Zunilda Estela Gaite (secretaria general), Jorge Romeo Spais (secretario de hacienda), Juan Pablo Muchiut (secretario de actas), Julio Luis Gómez, Elda Teresita Sotti, Norma Lidia Cáceres, María Luisa Ferraris y Hugo Luis Bonomo (vocales). A todos ellos mi agradecimiento. 
Recibo el afectuoso saludo de Trudy, luego de la entrega del premio

Con Gerardo, luego de la ceremonia

sábado, 25 de noviembre de 2017

"El sistema de las estrellas", por Carlos Chernov. Un mundo sin esperanzas

“El sistema de las estrellas”, de Carlos Chernov.
Interzona, Buenos Aires, 2017, 296 páginas.
En Argentina: 345 pesos.

“¿Para qué sirve ser millonario si uno no puede gobernar los acontecimientos más importantes de su vida: la reproducción y la muerte?”. Unos doscientos años más tarde de La Gran Catástrofe el mundo busca normalizarse. Es un mundo en el que las cosas se han “aclarado” de manera definitiva: los millonarios ganaron la partida y hacen lo que les place desde sus fortalezas amuralladas. Todo está a su servicio y ellos buscan de manera permanente diversas formas diversas de placer. La estructura de la sociedad, que aún está en proceso de reconstrucción, se ha puesto a su servicio. Sólo cabe agachar la cabeza y asistirlos.
Especialmente si se es pobre. En esa reconstruida sociedad los proletarios son marginales/marginados por definición. Los hombres deben trabajar en empleos infames, que les corroen y acortan sus vidas, y a las mujeres les corresponde quedar embarazadas la mayor parte del tiempo para, más tarde, vender a sus hijos a los ricos.
Los millonarios, a su vez, cuando no practican la caza de semejantes (pobres) buscan “descuerparse”, esto es separar sus cerebros del resto del cuerpo, corruptible por definición. Una vez que eso ocurre, los cerebros son colocados en máquinas especiales. Se los mantiene vivos y se les proyectan constantes “películas de la vida”, que protagonizan actrices y actores especializados cuyas historias, que incluyen sexualidad y aventuras sin término, son captadas por esas masas encefálicas estimuladas. Tal, al menos, lo que afirman los expertos.
Estamos ante el escenario elegido por el argentino Carlos Chernov para su más reciente novela, “El sistema de las estrellas”. En anteriores historias, el también psicoanalista apelaba a un humor corrosivo pero persistente. En cambio en su más reciente ficción lo descarta y en cambio nos muestra el presunto futuro, en el que está desterrada toda hipocresía. Y en simultáneo cualquier clase de esperanza.
El protagonista de la historia es Goma, un adolescente al comienzo de la novela, que vive en el lado “malo” de la sociedad, es decir entre el proletariado.  Habría que decir sobrevive, porque en un vasto territorio se amontonan miles de seres a los que espera no sólo una existencia breve sino muchísimos sufrimientos. Como ocurre con el padre del muchacho, quien trabaja con el sílice que le ha minado el cuerpo y el que comprende que le resta escaso tiempo. Su esposa se ha dedicado a embarazarse de manera periódica y luego de parirlos, vende a sus hijos recién nacidos a las capas altas de la sociedad.
Goma, para salir de la encerrona en la que se encuentran tanto él como su familia se promete (y promete a su padre) transformarse en actor. A su vez, su padre, para evitar un determinado hecho, comete un crimen y entonces recibe una condena que lo separa de manera definitiva de su familia.
Goma y su madre saldrán, cada uno a su modo, del mundo asfixiante de los proletarios e irán acercándose al orbe de los millonarios. El muchacho deberá ir vendiéndose, de una u otra forma, para lograr el objetivo de convertirse en actor e ingresar, al cabo, al sistema de las estrellas.

Algo que no cierra. En este mundo distópico, en el que aparentemente las cosas son claras y definitivas (y en el que no hay lugar alguno para la menor rebelión ni para el menor cambio), hay muchas cosas que no cierran. Los proletarios aceptan con exceso de sumisión la miseria congénita de sus existencias. No parece haber lugar para las capas medias, pero sí para bandas siniestras que pululan en las ciudades pobres así como para aventureros que buscan apropiarse de nuevas tierras (y de otras vidas) en terra incognita.
Los ricos, aquí denominados millonarios, tienen en tanto el poder en sus manos y de verdad hacen lo que quieren. Satisfacen sus deseos, esclavizan a los desclasados, matan por matar a los desahuciados, viven sin sobresaltos. Y además saben que, cuando se cansen del mundo, serán descuerpados, y en consecuencia les tocará a sus cerebros, convenientemente atendidos por especialistas, seguir disfrutando de las mieles del placer, alejados de cualquier sufrimiento, por un tiempo indefinido, casi infinito…
¿Pero es cierto lo que se cuenta? ¿No habrá en todo esto una estafa profunda, sustancial? ¿Nunca se rebelarán los proletarios y siempre triunfarán brutalmente los ricos de toda riqueza? ¿No ocurrirá algo que perturbe a ese orden? ¿Y qué seguridades tienen respecto de lo que les cuentan sus servidores, fundamentalmente el presunto gozo perenne de sus cerebros? Varias son las preguntas que el lector puede hacerse ante la inteligente y negra nueva novela de Chernov. Aunque quizás la fundamental refiere a ese así llamado descuerpe, que es presentado como una suerte de non plus ultra pero que suena a una enorme superchería, una mentira máxima en un orbe descompuesto por definición, en el que todo puede sucumbir de un momento a otro.
Irónico y, más que eso, sarcástico, Chernov nos describe un posible futuro en su novela  de ritmo lento y verdaderamente ahogante. ¿O levanta un espejo deformante para que nos miremos en él, en nuestro presente?

“El padre recogió agua del barril en el cuenco de las manos y se lavó la sangre que le cubría la cara, pero no se cambió la camisa, especuló con que a pesar de la oscuridad su aspecto atemorizaría a cualquiera que quisiera detenerlo, en particular al guardia comunal. Acodado sobre la baranda del balcón, contempló nuevamente el cielo nublado; la luz grisácea le recordó un caluroso amanecer de verano de su juventud –un resplandor rojizo hería las sombras del pozo de aire y sol y alumbraba la ropa colgada y las plantas salvajes que brotaban de la rajadura del material-. En esa época pensaba mucho en su futuro; a pesar de que su vida había sido programada por su familia, siempre había tenido la sensación de que su futuro era incierto. Sintió deseos de llorar, nunca pensó que se convertiría en un asesino.
Empezó a llover; las lluvias lavaban las paredes del pozo y chorreaba desde la terraza hacia la tierra. Al padre le encantaba escuchar el tamborileo mate de la lluvia sobre las placas solares, era la única satisfacción que compensaba la molestia de la oscuridad de los días de tormenta.
De pronto, se oyeron aullidos y gritos escalofriantes provenientes de algún lugar más abajo. El padre despertó de sus recuerdos y volvió a la realidad estremecido de miedo.”

Datos para una biografía
Carlos Chernov (Buenos Aires, 1953) es médico psiquiatra y psicoanalista. Autor de cuentos y novelas, ha publicado los libros de relatos “Amores brutales” (1992; reeditado en 2005; Premio Quinto Centenario del Honorable Concejo Deliberante de Buenos Aires) y ”Amor propio” (2007); y las novelas “Anatomía humana” (1993, reeditado en 2005; Premio Planeta Argentina),  “La conspiración china” (1997), “La pasión de María” (2005), “El amante imperfecto” (2008; Premio La Otra Orilla), “El desalmado” (2011; Premio Único de Novela Inédita de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires) y “El sistema de las estrellas” (2017). Ha recibido la beca de la Civitella Ranieri Foundation en 2010. Sus textos han sido traducidos al inglés, italiano y francés. Reparte su tiempo entre el ejercicio de la literatura y el psicoanálisis y en la actualidad reside alternativamente en México y la Argentina.


Video: “El encanto de contar historias”. El autor en “Digo”, televisión hecha para televidentes, Buenos Aires, 2/10/14. Duración 2,52 minutos:

martes, 14 de noviembre de 2017

"Lagartija", de Banana Yoshimoto. Relatos sobre la soledad y los misterios

“Lagartija” (“Tokage”) de Banana Yoshimoto.
Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 158 páginas.
Traducción de Gabriel Álvarez Martínez.
En España: 17 euros. En Argentina: 289 pesos.

Ocurre algo particular con la obra de Banana (Maoko es su verdadero nombre) Yoshimoto, una gran voz de la actual literatura japonesa. En efecto, en nuestro idioma sus trabajos se difunden con significativa demora, a pesar de la buena recepción que han tenido desde que se conoció su primera ficción, “Kitchen”, que reveló en 1988, cuando tenía 24 años, a una joven y renovadora voz que hablaba de tristeza y soledad en una Tokio a la que percibía ajena y hostil.
Vuelve a ocurrir con este libro que fue uno de los primeros que escribió, luego de su muy publicitado debut literario. En efecto, “Lagartija” es un volumen de seis relatos que se conociera en Japón en 1993. Aclaro que los textos en nada se encuentran lesionados por el paso del tiempo y, mucho menos, que resultan desdeñables. Banana siempre fue una escritora singular y volvió a demostrarlo en estos largos cuentos dominados por la extrañeza, la ausencia de certezas que viven sus personajes, aquejados en la mayoría de los casos por la tristeza y una evidente desilusión.
En la primera de las historias, “Recién casados”, un joven que regresa a su casa en tren no se baja en la estación correspondiente sin saber bien por qué lo hace, pese a que lo aguarda su joven y reciente esposa. Entonces, se le aparece un determinado compañero de viaje que, aunque desconocido, lo interroga por su actitud. Y que por ese interrogatorio lo obliga a examinarse en profundidad.
No sorprende que en los relatos de Yoshimoto surjan figuras fantasmales. Tampoco que no se encuentre una respuesta inmediata y “lógica” a lo que le ocurre a sus criaturas literarias, como es lo que acontece con el recién casado, sometido a un verdadero examen de conciencia. “No hace falta que vuelvas a bajarte nunca más en la estación donde vive. Depende de ti”, le aclara la persona desconocida. Es obvio que el personaje central de esta historia es puesto ante un espejo que lo desnuda y le demanda tomar decisiones contundentes, que se ha demorado en adoptar.
“Lagartija”, el cuento que da título al volumen, tiene también un protagonista masculino que narra la historia. En ella habla de su relación con la mujer a la que llama como al pequeño animal por su contextura física y, de manera especial, por su rostro: “Sus ojos son negros y redondos. Son ojos de reptil, ojos inanimados. Físicamente es menuda; todos los recovecos de su cuerpo son fríos”.
Ambos curan a sus pacientes, él como médico que aplica la medicina tradicional, en tanto que Lagartija se dedica a prácticas esotéricas pero que a ella le dan resultados porque alcanza a ver las causas que motivan las enfermedades de sus pacientes. Otra vez Yoshimoto transita por caminos vinculados con lo fantástico, sin dar demasiadas explicaciones ni justificaciones. Y otra vez, la soledad, omnipresente, en una Tokio que aparece como árida y ajena. A ambos les une eso, también una cierta desorientación existencial y, por sobre todo (lo descubrirán con relativa tardanza) secretos que perturbaron profundamente sus respectivas infancias. Y que los persiguen en la actualidad del relato.
  
El misterio. La palabra que también subyace en los textos de la autora japonesa es misterio. Nunca se termina de saber qué ocurre de verdad en lo profundo de sus seres de ficción. Están perturbados, “algo” los sacude por dentro, se encuentran muy solos, suelen extrañar a sus progenitores que viven lejos, les cuesta “conectar” con sus semejantes. No pocos viven una suerte de entresueño, como si nunca estuvieran despiertos del todo.
Esa sutileza, esa ambigüedad, enriquece su producción. Y, claro está, la vincula con otro autor de su país, que es más famoso y que transita por los mismos espacios: obviamente, me estoy refiriendo a Haruki Murakami, aunque la obra de éste me resulta más despareja, menos poética.
Respecto de “Lagartija”, acoto que algo también muy extraño ocurre en el tercero de los relatos, “La espiral”. Una nueva pareja que se encuentra en un lugar infrecuente, un bar cerrado al que ella accede porque, por un motivo que tampoco se explica, el dueño le ha dado la llave del local (al parecer, sin conocerla). Es entonces que ella le cuenta que se propone dar un “salto” en su vida, porque asistirá a lo que llama “un cursillo radical” que podría provocarle la pérdida absoluta de los recuerdos. Ella promete que, pase lo que pase, no se olvidará de él. Pero el personaje se carga de confusiones y malos presagios. Y así los deja Yoshimoto, como suspendidos en el aire.
“Soñando con kimchi” (kimchi es una comida de origen coreano), habla de lo que fue primero una relación extramatrimonial y que luego se ha vuelto un vínculo más sólido, pero está el pasado y las dificultades de liberarse de él. “He llegado hasta aquí soportando el peso fofo de distintos bultos”, admite ella aunque cree que el mañana será distinto, brillante quizás. Pero el futuro también se les presenta como lo que es por definición; una total incógnita.
En “Sangre y agua” habla una mujer joven que ha dejado a sus padres en un pueblo donde se practica una férrea religión esotérica y en Tokio vive con Akira, un hombre joven que fabrica objetos que operan como talismanes en quienes los poseen, mientras extraña a sus progenitores y, también, de cierta manera, la vida casi monjil que debió llevar tanto cuando fue niña como en su etapa adolescente. Trata de hacer pie en su nueva existencia, mientras un hálito de tristeza la sacude y admite estar muy preocupada por el paso del tiempo, “inexorable como las ramas de un sauce, ahora expuestas al sol y al instante sacudidas por un vendaval”.
Estamos ante otro cuento extraño, que se inclina hacia lo indefinible, como si quisiera transmitir “noticias” de un más allá tan cierto como inasible. Tales los personajes de Yashimoto, tales sus vidas, tales sus experiencias que parecen no terminar de hacer pie en la tierra, en la existencia común de los seres humanos. Acontece así con “Una curiosa historia a orillas de un gran río”, contada por una mujer que luego de haber tenido una vida sexual muy desordenada, termina apoyándose en un hombre joven, grisáceo, que desdeña la fortuna que podría heredar de su padre: “Creo que soy un inepto, pero qué le voy a hacer”. Ella, mientras, se propone sencillamente vivir, resistir. “Sobreviviré”, afirma, mientras se aferra a una débil esperanza…
“Escribí estos cuentos en un par de años –cuenta Yoshimoto en el colofón del libro-. Todos tratan del tiempo y de las posibilidades de curación, de la fatalidad y del destino”. De asumirse en medio de vendavales complejos, íntimos y de difícil resolución. Escritos con líneas y conceptos imprecisos, con un decir premeditadamente poético, a la autora le importa contar “la forma como las terribles experiencias marcan las vidas de las personas”. De ello también hablan estos cuentos elusivos. De ello habla toda su obra.

Tapa de la edición
en japonés
“En ese instante resucitó y se expandió como una fragancia una emoción perdida hacía tiempo, algo parecido al alborozo que se experimenta en una noche de primavera cuando se tiene una cita con una mujer a la que uno todavía no conoce demasiado bien, pero por la que siente algo, y se sube con ella al tren pensando adónde ir a comer o tomar una copa; como si el corazón se hubiera vuelto más bello al observar el comportamiento comedido de la otra persona, el estampado del fular que se ha puesto para ti, el dobladillo de su abrigo o su sonrisa, igual que si miraras un hermoso paisaje en lontananza, sin pensar para nada en si esta noche te acostarás con ella.
Cuando me disponía a marcharme, de pronto oí un quejido. Me di la vuelta y vi que dentro de la sala de aeróbic una mujer se agarraba el pie. Pensé que sería un calambre y, al momento, Lagartija se acercó a ella y le tocó el pie. En medio de la penumbra de la sala, con la música continuaba sonando, Lagartija frotó serenamente el pie de la mujer, como una médica. El intervalo durante el cual estuve observando se me hizo eterno. Sentada y con los brazos extendidos, Lagartija parecía una bella escultura resplandeciendo en medio de la oscuridad.
Poco después la mujer esbozó una sonrisa y Lagartija le devolvió otra con sus labios rojos.
Desde donde estaba, al otro lado del cristal, Apenas me llegaban las voces y los sonidos, lo cual hacía la escena todavía más extraña. Cuando ella se incorporó y al estirar las piernas, me fijé en la pequeña lagartija tatuada en la ingle derecha, se consumó el flechazo. Ese fue el inicio de mi curioso amor por Lagartija”.

Datos para una biografía
Banana Yoshimoto nació en Tokio, Japón, en 1964. Su verdadero nombre de pila es Mahoko. Estudió literatura en la Universidad de Nihon. Con “Kitchen”, su primera novela, ganó el Newcomer Writers Prize en 1987 cuando todavía era una estudiante universitaria y un año después se le concedía por la misma obra el premio literario Izumi Kyoka. Entre otros galardones ha recibido en Italia el Premio Scanno. Yoshimoto es autora de una dilatada obra compuesta de ensayos, novelas y relatos. En castellano, además de “Kitchen”, se conocen sus novelas “N.P.”, “Amrita”, “Tsugumi” y “El lago”, así como los relatos reunidos en “Sueño profundo” y “Recuerdos de un callejón sin salida”. También el ensayo “Un viaje llamado vida”. En 2013 publicó una serie que apareció en una revista femenina japonesa, con un cantante coreano como protagonista y cuyo título aproximado sería “¿Deberíamos amar?”. Es hija de Takaaki Yoshimoto, un radicalizado e influyente filósofo japonés en los ’60 del siglo pasado, y hermana de la dibujante de manga Haruno Yoiko, muy famosa en Japón. Está casada con el médico Hiroyoshi Tahata y tuvo un hijo en 2003. Seis de sus novelas han sido llevadas al cine por otros tantos directores de su país natal, entre ellas “Kitchen” y “Tsugumi”.

Video: Entrevista a la autora en el XXII Salón de Manga, Barcelona, 2016. Duración once minutos.
  

martes, 7 de noviembre de 2017

"Corrupción policial", de Don Winslow. El otro lado de la ley

“Corrupción policial” (“The Force”), de Don Winslow.
RBA, Barcelona, 2017, 574 páginas.
Traducción de Efrén del Valle.
En España: 20 euros. En Argentina: 345 pesos.

“Curándose en salud”, el norteamericano Don Winslow –especializado en el género policial, con grandes éxitos en su haber- dedica su más reciente novela a un amplio número de agentes del orden asesinados en actos de servicio. Y lo hace porque lo que cuenta en su nueva historia, como diría Chandler, no es fragante. Ni agradable.
Winslow se centra en la historia del sargento Dennis John Malone, quien al comienzo mismo de la novela lo muestra encerrado en una cárcel, sin sus galones, pese a su fama de policía honesto, jugado, un héroe de nuestros días cuya misión diaria es la de “limpiar de escoria” a la siempre turbulenta ciudad de Nueva York. Ha pagado mucho y está experimentando como nunca antes la soledad y la culpa.
Winslow, que escribe largas historias difíciles de dejar de lado, se inició en el género hace más de veinticinco años contando las andanzas del detective privado Neal Carey (“Un soplo de aire fresco”, 1991, traducido en 2013) y ahora luego de casi veinte libros que lo han vuelto famoso, ha regresado este mismo año relatando la presente historia de policías que todo lo arriesgan pero que son también profunda, sustancialmente, corruptos. Lo bravo de la novela es que a través de lo que ocurre, y ocurre mucho, el autor expone no sólo la corrupción y decadencia de determinados policías, sino de todo un sistema que alcanza tanto a las mafias como a las autoridades de distinto orden y nivel. En realidad, son muy pocos los que se “salvan” en este verdadero aquelarre de muerte y destrucción continuas.
Se empieza aceptando un sándwich y un café y se termina guardándose para el grupo dinero en abundancia, alijos de droga, armas o lo que fuera, porque si todos los hacen por qué no ellos. Y porque además la policía paga mal, sus integrantes están siempre en la primera línea de fuego y deben asegurar un buen pasar para su familia, para los hijos que deben tener un destino mejor que andar uniformados por las calles corriendo peligro de muerte todo el tiempo. Son buenos justificativos, pero eso no los exime del hecho de haberse vueltos delincuentes.
La habilidad de Winslow estriba en que escribe desde “adentro” de los personajes. No los exime de culpa, pero los explica con un sinfín de detalles. Viven vidas violentas, al límite, están todo el tiempo a punto de estallar. Mantener el orden en una ciudad explosiva como la de Nueva York los transforma a ellos mismos en bombas próximas a reventar. Entonces se protegen como mejor entienden: agreden, se colocan al borde de la ley (el ejemplo histórico es el de Sérpico, el de la ficción deviene de Harry el sucio), “limpian” la ciudad a su modo y si algo encuentran en sus procedimientos totalmente ilegales eso irá a sus bolsillos, con repartija equitativa entre estos “mosqueteros” que no le hacen asco a nada.

El hilo argumental. La historia central comienza cuando Malone y sus muchachos atacan a un poderoso narcotraficante de heroína, el dominicano Diego Pena, a quien el policía se la tiene jurada desde que el jefe narco ordenó un asesinato múltiple. Malone y los suyos producen un verdadero desaguisado, que incluye incorporar un determinado “vuelto” a sus patrimonios y aunque son declarados héroes por los periódicos y la televisión, en realidad comienzan un camino de deterioro que, luego lo comprobarán (especialmente Malone) no tendrá retorno.
Winslow, con habilidad, extiende y enreda la trama. Sabe bien cómo hacerlo y, especialmente, va mostrando las fallas, las fisuras, que se agrandan cada vez más en torno a Malone, en cuyo derredor va tejiendo una verdadera, compleja, telaraña. En el camino se irá alejando de su mujer y sus pequeños hijos y aunque intenta encontrar consuelo en su amante, Claudette, tampoco lo consigue.
El narrador escribe con frases cortas, da breves explicaciones y de manera reiterada genera escenarios de dureza y crueldad no aptos para lectores impresionables. Lo que dice a cada instante es que nadie tiene certeza de nada, que no hay reaseguros, especialmente para quienes delinquen, se encuentren donde se encuentren. De cierta manera (se lo advertirá con mayor claridad al final de la novela) Winslow defiende el sistema de vida de su país, pero no es ciego como para ocultar sus errores, menos para no hablar de las tramas corruptas que se tejen por todas partes.
En la novela, Malone se ve constantemente acorralado y la única solución que le queda es abrir una puerta nueva, si la hay, y dar reiterados saltos hacia delante. Obvio, en algún momento se quedará sin aire. Y hará lo que se ha prometido no cometer nunca.
Eso se llama encerrona. Y para hablar de ella (de ellas), el autor es hábil y original. Tratándose de un policial recargado de enigmas, está “prohibido” contar lo que ocurre, salvo agregar que Winslow si bien introduce el cuchillo hasta lo último no excusa lo que va pasando. Expone. Y en momento determinado en un discurso “moralista” (cuya justificación en la ficción el lector lo tendrá páginas más adelante) dice mucho sobre la deshonestidad del poder, con palabras quizás altisonantes, pero no por eso menos arriesgadas.
En suma, “Corrupción policial” es un policial –nunca mejor empleada la palabra- hecho y derecho, con sus detritos y sus ciénagas, su densa atmósfera, su constante lluvia ácida y apenas algunos chispazos de luz que sólo se acrecentarán en un final que nos habla de la culpa y la expiación.

Datos para una biografía
Don Winslow nació en Nueva York, pero se crio en South Kingstown, en Rhode Island. Ha escrito una veintena de novelas, entre las que se incluyen “Un soplo de aire fresco”, “Tras la pista del espejo de Buda”, “En lo más profundo de la meseta”, “El poder del perro”, “Muerte y vida de Bobby Z”, “El invierno de Franckie Machine”, “El club del amanecer”, “La hora de los caballeros”, “Salvajes”, “Satori”, “Los reyes de lo cool” y “El cártel”, premio RBA de novela negra. Además de dedicarse a escribir, Don ha sido actor, director, encargado de un cine, guía de safaris e investigador privado. Vive en la zona de San Diego con su esposa Jean y su hijo Thomas. Diversos textos suyos han sido llevados al cine y a la televisión y James Mangold prepara una versión cinematográfica de “Corrupción policial”, cuyo guion ha sido encargado a David Mamet y que se estrenaría en 2019. 

domingo, 29 de octubre de 2017

"Los diarios de Emilio Renzi III. Un día en la vida", de Ricardo Piglia. El final

Diseño: Gerardo Morán
“Los diarios de Emilio Renzi III. Un día en la vida”, de Ricardo Piglia.
Editorial Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 294 páginas.
En España: 21,90 euros. En Argentina: 395 pesos.

“Ataque casi metafísico con ahogos que duran todo el miércoles: termino en el Hospital Alemán a medianoche. Respiración artificial, o casi. Los ahogos del padre, las identificaciones conocidas. Ahora me repongo con inyecciones y tranquilizantes. El primer ataque lo tuve hace unos diez años cuando fui con Julia a la casa de mi madre en Mar del Plata, ella, irónica, prepara la cama, oh Electra, esa noche me desperté sin poder respirar. Todo muy trivial”.
Transcribo una de las “entradas” del diario de Emilio Renzi (alter ego del fallecido escritor argentino Ricardo Piglia) correspondiente a 1977, uno de los años más terribles de la última dictadura militar argentina y que el autor transcribió en el tercer y último volumen de los diarios de Renzi, que termina de aparecer, a diez meses de su fallecimiento.
Antes de morir, Piglia –afectado por la esclerosis lateral amiotrófica, ELA- asistido por colaboradores, trabajó intensamente para dejar preparados varios libros, entre ellos lo que resultó la tercera parte de sus “Diarios”, cuyos volúmenes anteriores se conocieran en 2015 (“Los años de formación”) y 2016 (“Los años felices”). Cuando comenté este último, me preguntaba cómo resolvería el autor la continuación de la serie, puesto que el primer volumen comprendió los años que van de 1957 a 1967 y el segundo el período que se ubica entre 1968 y 1975.
Piglia lo solucionó de esta manera: la primera parte refiere a los llamados “años de plomo” (1976-1982) que coinciden con el período represivo, en el que vivió momentos de zozobra (un departamento en el que vivía fue allanado por paramilitares cuando él no se encontraba), mientras Buenos Aires se volvía un coto de caza de la represión y se exiliaban o “desaparecían” amigos, conocidos, y tantos más. Al mismo  tiempo, Piglia a trancas y barrancas fue elaborando lo que se considera una de las novelas centrales de ese período, también de su propia obra, y una verdadera renovación en la literatura argentina contemporánea: “Respiración artificial”, que iba a aparecer en 1982 y tendría amplia circulación en el país, a pesar de las censuras y las represiones. De ahí que resulte significativa la “entrada” que rescató el autor y con la que inicié este comentario. Como subrayé, en ese 1977 ya hablaba de la “respiración artificial”.
La novela que publicó cinco años después resultó, de manera sesgada, la “crónica” de un tiempo determinado. No porque en él “denunciara” hechos políticos, sino porque en sus páginas podía percibirse el momento oscuro, sin oxígeno podría decir, del tiempo que entonces se vivía.

Universidad de Princeton
Un día en la vida. En la segunda parte del volumen que estoy comentando, Piglia decide interrumpir la transcripción de los diarios, como si hubiera considerado que no valía la pena seguir avanzando con ellos luego de superado el período de la dictadura, alcanzada la madurez y haberse afianzado de manera definitiva como escritor al publicar “Respiración artificial”. Por lo tanto determinó que lo siguiente fuera una suerte de compendio de su vida más adulta, los años que en la Argentina se han vivido en democracia y que fueron además coincidentes con las largas épocas en las que trabajó como profesor en diversas universidades, entre ellas las de Harvard y Princeton, en los Estados Unidos.
“Un día en la vida” resulta entonces un texto autoficcional, la “novela del yo” (a la que sin embargo se declara muy refractario) aunque “intermediado” por Emilio Renzi, que se vuelve personaje: “Le interesaba la construcción literaria de la vida de un artista. Por ejemplo, un día en la vida de Stephen Dedalus, un día en la vida del Cónsul, un día en la vida de Quentin Compson”. Y agrega lo siguiente, que subrayo: “Lo entusiasmó la idea, iba a concentrar en un día sus años futuros”. También, es cierto, consideraba que se había terminado una etapa de expectativas. Lo que ha seguido no terminaba de importarle: “Ahora, subrayó, después de la derrota, todos habían vuelto al redil”. Obvias discrepancias ideológicas, políticas y una generalizada insatisfacción personal.
Vuelvo a la segunda parte del volumen: en cerca de noventa páginas, Piglia condensa más de treinta años de su vida. Que, como se sabe, vive Emilio Renz (sin que falten las ironías ni los chismes). Cientos de sus cuadernos, de los más de trescientos que escribió a lo largo de su vida, quedaron “fundidos” en un texto extenso, en el que relata hechos banales, así como sus pensamientos complejos sobre filosofía, literatura, ética, estética, confesiones políticas y también aspectos de su vida privada, aunque aquí muestra reservas porque en la mayoría de los casos cita a distintas personas por sus nombres u apodos sin agregar demasiado más. Aunque claro, algunos resultan muy reconocidos, como cuando se refiere a “David” (Viñas) o a “Juani” (Saer).
En todo momento la ciudad de Buenos Aires es una presencia viva, como lo son sus bares, las películas que ve, los libros que lee, sus visitas a amigos en librería o en sitios particulares. Y en todo momento Piglia, que se sabía un escritor potente e inteligente (sin eludir, a veces, la pedantería), es la literatura la gran protagonista, la que reclama, la que lo lleva a consensos, disensos, insatisfacciones, pequeños o grandes logros. Su última verdad, aquella a la que apeló cuando tuvo sus inclinaciones o incitaciones hacia el suicidio.
Cobran significación sus reiterados viajes a Estados Unidos y también a España, donde su obra comenzó a ser reconocida en las últimas décadas, cuando el sello Anagrama se hizo cargo de ella. Desde ahí se expandió aún más la obra de Piglia quien comenzó a recibir distinciones internacionales.
Pero el autor optó por “pulverizar” los cuadernos, que durante tantos años fueron leídos sólo por escasísimas personas. Y esa pulverización decidida por el autor a partir de lo que escribiera, y viviera, de 1982 para adelante, se debió, según interpretaba, a que “lo que venía después era previsible y mundano y no formaba parte de la historia de la formación de su espíritu personal”.
La tercera parte del volumen es aún más breve, se titula “Días sin fecha”, está constituida por once entradas, la última de las cuales refiere a la enfermedad que le causó tantos problemas en sus años finales y sobre la que habla, diría con pudor, en algunas partes de este libro y a la que alude en el comienzo mismo del volumen: “Había pasado varios meses, exactamente desde principios de abril de 2014 hasta fines de 2015, trabajando en sus diarios, aprovechando una dolencia, pasajera según sus médicos, que le impedía salir afuera, como decía Renzi bromeando a sus amigos”. Después, al final, escribirá: “La silla de ruedas, el andar mecánico, el cuerpo metálico. (//) La enfermedad como garantía de lucidez extrema (//) Una dolencia pasajera”.
Piglia no puede dejar de apelar a la ironía y por lo tanto este libro se cierra con extrema nostalgia, con verdadera pena.

Los años jóvenes
Anotación del Diario, jueves 18 de octubre de 1979:
“Voy a matarme, sólo falta la hora y el día, dijo. Estaba en el bar y parecía contento, lo que hablaba no parecía ser dicho por él. Después agregó sonriendo: por de pronto, puedo pensar que he vivido con mejor suerte de la que hubiera podido esperar. Lo que viene no traerá el deterioro para mí. Terminó el vaso de whisky y pidió otro con un gesto, se pasó la mano por el cuello, como quien se degüella, pero el mozo entendió lo que le pedía y le trajo otro whisky. Habría que decirlo de otra manera: espero no tener miedo y poder hacer lo que he decidido. Necesito una ventana alta y coraje suficiente para no pensar durante un instante. Miró por la ventana. Está linda la tarde, dijo. No tengo ya futuro, ni ilusión ninguna. Ya no quiero ni puedo vivir de este modo. El asunto entonces es decidir y actuar. Será una forma de terminar con dignidad ¿Qué puedo hacer desde ahora hasta ese momento?, miró al mozo que se alejaba con la botella de whisky, como esperando que le respondiera. He decidido matarme por distintas razones que prefiero no explicar. Todos tenemos una buena razón para matarnos, continuó eufórico. Por mi parte, las razones son varias, básicamente estoy muy cansado. Está claro que no puedo ya establecer relaciones fluidas con el mundo y que cada vez estoy más solo y más aislado. El mozo había vuelto a la mesa y lo escuchaba con aire preocupado, sosteniendo la bandeja con una mano. Está claro que ya nada me interesa y que desconfío de mis propios proyectos. Ahora solamente tengo que tener el coraje de matarme. El bar estaba vacío a esa hora, pero una mujer madura, sentada en una mesa cercana, escuchaba con interés lo que él decía. La miró y le dijo: la clave será decidir la fecha y no postergarla ¿no le parece, señora?, le preguntó sonriendo hacia la mesa vecina. El único problema es saltar por la ventana, eso parece fácil, pero es preciso elegir un lugar lo suficientemente alto como para asegurar que no quedaré baldado. He estado pensando, dijo, ir al lugar, abrir la ventana, pasar las piernas del otro lado y tirarme al vacío. Levantó el vaso de whisky y saludó a la mujer con un gesto, como si brindara con ella. ¿Podré? ¿Usted qué piensa? Si no puedo será el declive total. Hay que pensar un modo que sea infalible, señora mía”.

En el blog:

Video:
“Ricardo Piglia, sobre sus diarios: Experimentar dos vidas”. Duración 2,20 minutos (con subtítulos en inglés).

sábado, 21 de octubre de 2017

"4 3 2 1", de Paul Auster. Nuevamente la música del azar

Diseño: Gerardo Morán
“4 3 2 1”, de Paul Auster.
Seix Barral, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 957 páginas.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
En España: 23,90 euros. En Argentina: 590 pesos.

A los seis años, Archie Ferguson, que se ha caído de un árbol, descubre por sí solo cómo el azar marca la vida de las personas. Lo hace formulándose una serie de preguntas elementales, tales cómo qué habría pasado si en vez de resbalar del tronco sobre el que estaba suspendido hubiese alcanzado la rama a la que pensaba asirse. Qué, si no hubiera habido árbol en su casa. Qué, si en vez de quebrarse una pierna el impacto alcanzase a sus dos extremidades. Qué, si viviera en otro lugar. Y así sucesivamente…
Archie es el personaje central de la nueva novela del norteamericano Paul Auster y no puede extrañar que el azar importe, movilice, a sus criaturas literarias, puesto que –aunque no necesariamente borgiano- el novelista ha construido la mayor parte de su obra centrándola en esta cuestión. Por lo que no resulta sorpresa que esa tan conocida “música del azar” sea la que se escuche intensamente en su más reciente (y su más extensa) novela, “4 3 2 1”, que le demandó un lustro de escritura y que diera a conocer en inglés exactamente el día en que cumplió 70 años. Meses más tarde ha aparecido la versión en nuestro idioma, distribuida simultáneamente en todos los países de habla hispana el mes pasado.
Luego de narrar cómo llegó de Rusia (la leyenda familiar dice que después de caminar cientos de kilómetros), el primer Ferguson y referir cómo fueron conociéndose los descendientes de éste hasta arribar al nacimiento de Archibald Isaac Ferguson en Newark, próxima a la ciudad de Nueva York, en 1947 (lugar y año de nacimiento del propio Auster), la novela se despliega y cuenta cuatro vidas “posibles” de Archie, según vayan sucediendo los acontecimientos. Según vayan abriéndose o cerrándose las puertas del acaso.
El propio apellido que lleva Archie nada tiene que ver con su antepasado arribado a Estados Unidos mucho tiempo atrás. “Ferguson” fue otro producto de la casualidad: la historia familiar afirmaba que el pobre ruso que desconocía el inglés tenía un apellido casi impronunciable y por eso uno de sus amigos le recomendó que diera como nombre Rockefeller. Pero el inmigrante no pudo retener el famoso apellido y eso fue lo que dijo con mucha inocencia: “Se me ha olvidado”. Pero como habló en yidish el oficial de aduana escuchó “Ikh hob fargessen” y de inmediato lo “bautizó” Ichabod Ferguson. Archie reflexionó largamente sobre el hecho. “La historia –escribe Auster- salió del ámbito de la anécdota para convertirse en una parábola sobre el destino humano y los interminables desvíos que una persona se encuentra por los caminos de la vida”. Y fue así, por accidente, nos dice el autor, que un apellido judío se transformó en otro, propio de un presbiteriano escocés.
Auster nos entrega un amplio friso de “posibles” Archie a medida que crece y se va vinculando con el mundo. La relación con sus padres, la que mantiene con Amy (quien en determinada circunstancia es su amiga, en otra su amante y en otra más, su hermanastra), las diversas formas posibles de relacionarse con su distante tía Mildred, sus diferentes amigos, su sexualidad, sus inquietudes creativas, sus estudios, sus andanzas por una Nueva York por entonces degradada pero que siempre lo fascinará. Su relación con París y  el idioma francés (otra de las particularidades que lo liga a Auster, ya que éste vivió en Francia y ha tenido al francés como su segundo idioma).
Auster trabaja con los mismos elementos narrativos para contar las cuatro historias –dos de las cuales se frustrarán a poco de iniciadas-, pero serán los detalles, las casualidades, los hechos fortuitos, todo en suma, que irá derivando de una u otra manera según vayan ocurriendo los acontecimientos.
Así, un incendio puede resultar en una muerte, una salvación o una pérdida, las relaciones de los padres de Archie (él comerciante, ella fotógrafa) también tendrán sus posibles derivaciones que alejarán o acercarán a la pareja según sea el caso.

Calle de Newark
El personaje central. Auster no perderá de vista a Archie en ningún momento, todo cuanto ocurre tiene que ver con su vida. Lo mostrará con sus virtudes y defectos, pero actuando de manera diversa, de acuerdo a cómo vaya desarrollándose cada historia, a cómo se irán manifestando “cada uno” de los Archie que se irán presentando ante el lector, con sus lógicas particulares. Lo que hacen, lo que dejan de hacer.
Al escritor le ha interesado mostrar como un personaje sensible y atento a su joven Ferguson. Sensible respecto de las emociones, respecto del amor, respecto de familiares y amigos. También respecto del arte, de la creación. No puede sorprender que lo muestre como apasionado lector y de que ese mundo de lecturas constantes surja un poeta, o un traductor, o un posible cronista de actualidades.
Y la atención a la que antes aludí, su “segunda” sensibilidad, refiere a la política, que se despierta en él cuando es adolescente y a la que seguirá, más como observador que como participante activo, mientras ella se desarrolla en Estados Unidos y fuera de su país, especialmente en los años ’60 y ’70 del siglo pasado.
Esa realidad política resultaba explosiva por aquella época, con los magnicidios que conmovieron hasta las raíces a los Estados Unidos (asesinatos de los hermanos Kennedy, de Martin Luther King, de Malcolm X), las luchas raciales, las movilizaciones que incluyeron tomas de universidades, las degradaciones de las ciudades con incendios y depredaciones y como constante telón de fondo la crecientemente impopular guerra de Vietnam. Toda esa época, explosiva, dinámica, contradictoria, es "reconstruida" por Auster con un sinnúmero de detalles que, aparte de movilizar su memoria y su vida juvenil, le habrá significado un gran trabajo de tipo documental.

El beisbol. Los detalles. La cubierta de “4 3 2 1” muestra en un primer plano a un chico jugando al beisbol “rodeado”, podría decirse, por los típicos rascacielos neoyorquinos. Una buena síntesis de Archie cuando pequeño, al que obsesionaba ese juego (otra conexión directa con Auster, fanático confeso de dicha disciplina deportiva). Ese juego acompañará al personaje protagonista durante toda su vida, o mejor, durante el relativamente corto tiempo que cubre la novela.
Porque si bien la reconstrucción de la vida norteamericana que se propuso, y logró, Auster plasmar en su novela resulta más que minuciosa, la “abandona” cuando Archie aún es joven por lo que tanto su existencia, como los avatares de la historia norteamericana abarcan nada más que unas tres décadas y media, cuando aún no han concluido los ’70 del siglo pasado. Y eso se debe a que el autor se había propuesto dejar a su personaje no bien ingresara a la vida adulta. Se le ocurrió así luego de haber escrito dos libros de memorias (“Diario de invierno” e “Informe del interior”) y de este modo se lo confirmaba a Eduardo Lago de “El País”: “Cuando terminé esos libros empecé a acariciar la idea de escribir una novela sobre las primeras fases de la vida de un individuo, desde su nacimiento hasta que entra en el mundo de los adultos”.
En la novela habla de su propia generación, de su misma juventud, de él mismo en suma, aunque Ferguson no resulte ser totalmente su alter ego.
Y, además y primordial, también se debe a que Ferguson toma una determinación fundamental, que Auster se reserva para el final de su ficción y que llevará al lector a adoptar una muy diferente perspectiva en relación al propio relato.
El autor le asigna a la condición judía una entidad particular en la novela. Es una suerte de “marca” que acompaña a Archie, una forma de relacionarse casi con exclusividad con su gente, con su estirpe. Llama la atención ese dato que está como burilado por Auster. “Somos gente del Libro y tenemos que ayudarnos”, le dice la tía Mildred a su sobrino, a quien auxilia en un momento decisivo de su vida. Es una característica de la novela, que no termina de convencerme y no se advertía en sus relatos anteriores.
La sexualidad se muestra constante y hasta exacerbada. Y lo otro es el “detalle”, casi se podría decir, exagerando, el detalle del detalle. Auster, que siempre tendió a una escritura acotada, casi minimalista, aquí en cambio ha optado por largas parrafadas, por descripciones que resultan muchas veces excesivas, ya se trate de un partido de beisbol, una relación amorosa o el listado de actores ingleses que trabajaron en Hollywood, por dar algunos ejemplos Todo hay que describirlo de manera exhaustiva. Tanto que la novela muchas veces se alarga de manera innecesaria. Ficción, autor y lectores hubieran ganado considerablemente si Auster hubiese optado por una mayor austeridad expositiva.
Más allá de objeciones y cuestionamientos, estamos ante un Auster puro, en cuanto a fiel si no a su estilo, sí a sus obsesiones centrales, a sus preocupaciones estéticas y éticas (es un militante anti-Trump). Por eso no puede sorprender que, consultado por la función del azar en la vida de las personas, haya sostenido este diálogo con el italiano Antonio Monda, de “La Reppublica”:
- ¿Sostiene que la existencia está gobernada por el azar?
- También. No se trata obviamente del único elemento, pero no se lo puede ignorar. Tenemos nuestra ambición, la capacidad de determinar nuestro destino, pero después, basta con encontrarse por pocos centímetros en el lugar equivocado y todo termina.

La edición en inglés
“Sin embargo, ahora que tenía catorce años y la cabeza rebosante de pensamientos que no se le habían ocurrido ni siquiera seis meses antes, Ferguson estaba siempre buscándose a sí mismo en relación con personas desconocidas y distantes, preguntándose por ejemplo, si no habría besado a Denise en el preciso momento en que Hemingway se volaba la tapa de los sesos en Idaho o si, justo cuando bateaba una doble en el partido de Camp Paradise contra Camp Greylock el jueves pasado, un miembro del Klan de Mississippi no atizaba un puñetazo en la mandíbula a un Pasajero de la Libertad flacucho y de pelo corto procedente de Boston. Uno recibe un beso, otro un puñetazo, o, si no, alguien asiste al entierro de s madre a las once de la mañana del 10 de julio de 1857 y, en el mismo momento, de la misma manzana de la misma ciudad, una mujer levanta en brazos por primera vez a su hijo recién nacido, el dolor de una persona acaeciendo al mismo tiempo que la alegría de otra, y a menos de ser Dios, que debía estar en todas partes y ver lo que pasaba en todo momento, nadie podría saber que esos acontecimientos estaban ocurriendo a la vez, y mucho menos el hijo de luto y la madre feliz. ¿Era por eso por lo que el hombre había inventado a Dios?, se preguntaba Ferguson. ¿A fin de superar los límites de la percepción humana mediante la reivindicación de la existencia de una todopoderosa inteligencia divina que todo lo abarcaba?”.

Datos para una biografía:
Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tras un breve perí­odo como marino en un petrolero, vivió tres años en Francia, donde trabajó como traductor, "negro" literario y cuidador de una finca; desde 1974 reside en Nueva York. Galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006 por su carrera literaria. Estuvo casado con la escritora Lydia Davis, con la que tuvo un hijo, Daniel. Su segunda mujer es la también reconocida escritora Siri Hustvedt, con quien tuvo una hija, la actriz Sophie Auster, protagonista de su película “La vida interior de Martín Frost”. Obra: Novelas y relatos largos: “Jugada de presión” (1982, con el pseudónimo de Paul Benjamin, publicada en castellano en 2006), “La trilogía de Nueva York” (“La ciudad de cristal”, 1985; “Fantasmas”, 1986; “La habitación cerrada”, 1986), “El país de las últimas cosas” (1987), “El palacio de la luna” (1989), “La música del azar” (1990), “Leviatán” (1992), “Mr. Vértigo” (1994), “Tombuctú” (1999), “El libro de las ilusiones” (2002), “La noche del oráculo” (2004), “Brooklyn Follies” (2005), “Viajes por el Scriptorium” (2006), “Un hombre en la oscuridad” (2008), “Invisible” (2009), “Sunset Park” (2010) y “4 3 2 1” (2017). Memorias: “La invención de la soledad” (1982), “A salto de mata” (1997), “Diario de invierno” (2012) e “Informe del interior” (2013). Relatos: “El cuento de Auggie Wren” (1990) y “El cuaderno rojo” (1993/4). Poesía: “Desapariciones” (1988), “Pista de despegue” (1991) y “Colección de poemas” (2007). Dirección, guiones y adaptaciones cinematográficas: “La música del azar” (1993) “Smoke” (1995), “Blue in the Face” (1995) “Lulu on the Bridge” (1998) “The Center of the World” ( 2001), “Fluxus” (2004), “El cuaderno rojo” (2004)  y “La vida interior de Martin Frost” (2007). Teatro: “Escondite” y “Laurel y Hardy van al cielo” (ambas de 2000). Miscelánea: “El arte del hambre” (1992).“¿Para qué escribir?” (1996), “Experimentos con la verdad” (2001), “La historia de mi máquina de escribir” (2002) y “Creía que mi padre era Dios: relatos verídicos de la vida americana” (2002). Correspondencia: “Aquí y ahora. Cartas 2008-2011”, misivas intercambiadas por Auster con el escritor sudafricano J. M. Coetzee (2012).

Notas efectuadas a Auster con motivo de la aparición de su última novela:

Video: entrevista a Auster realizada por el programa Página Dos de la Televisión Española (10/10/17), duración 14,22 minutos.