domingo, 30 de julio de 2017

Lecturas: Viet Thanh Nguyen, J.Rodolfo Wilcock, Juan Forn

“El simpatizante”, de Viet Thanh Nguyen. El autor, nacido en 1971 en la hoy inexistente Vietnam del Sur y residente en los Estados Unidos desde la caída de Saigón en manos de los comunistas (cuando era un niño de apenas cuatro años), escribe una vasta novela que gira en torno a la brutal guerra registrada en su país y que tanta repercusión tuvo en la vida de la nación del norte de América entre las décadas de 1960 y 1970 del siglo pasado.
Particulariza a esta extensa, pero también intensa, novela el hecho de que quien la protagoniza es un confeso espía comunista que se ha infiltrado en las tropas del sur, primero cuando actuaban en Vietnam, y después de ser derrotados, obligados a radicarse en territorio norteamericano. No es develar misterios particulares de la novela, por el contrario, el lector sabe de entrada quien es ese simpatizante: ““Soy un espía, un agente infiltrado, un topo, un hombre con dos caras. Previsiblemente, quizá también tengo dos mentes. No digo que sea ningún mutante incomprendido salido de un cómic ni de una película de terror, aunque hay quien me ha tratado como si lo fuera. Simplemente soy capaz de ver cualquier cuestión desde ambos lados”.
Las peripecias de la novela son reiteradas, los escenarios van mutando de manera permanente. Se desplaza del Saigón de los últimos días antes de la caída, a los Estados Unidos donde los vietnamitas desplazados deben soportar los sinsabores de los refugiados.  Y en todo momento el personaje (hijo de una campesina violada por un cura francés) vivirá la doble vida del topo, muy cerca de los contrarrevolucionarios (dado que es asistente de quien fuera jefe de la –desaparecida- policía secreta survietnamita) mientras no deja de pasar información a su jefe de los propios servicios comunistas. Soportando, en todo momento y circunstancia, además, su condición de bastardo.
Ambiguo, ambivalente, debiendo superar mil peligros, viviendo la vida siempre arriesgada del espía (obligado a enfrentar situaciones extremas), terminará de la peor manera, encerrado e informando a sus enemigos. La novela pasa pues por diversos matices y situaciones y toda ella reclama paciencia al lector, hasta el mismo final, en el que se verá que no hay “buenos” ni “malos” en esta historia, reflejo mismo de la vida y de sus terribles contradicciones. Esta ficción obtuvo el renombrado Premio Pulitzer el año pasado. (Seix Barral, 2017, 475 páginas. Traducción de Javier Calvo. En España: 22 euros. En Argentina: 419 pesos).

“El estereoscopio de los solitarios”, de Juan Rodolfo Wilcock. Veamos esta lista: “Un centauro que pinta naturalezas muertas oníricas; un oráculo que recorre la ciudad en camioneta; una  sociedad de escritores encerrados en un armario; una gallina editora”. Ahora repitamos la pregunta del prologuista Luis Chitarroni: “¿por qué de ese mundo dejado atrás –la Argentina de los años cincuenta- J. Rodolfo Wilcock parece haber llevado sólo refinamiento clásico y perfección?”.
Agrego lo que oportunamente expresara Ariel Dilon al referirse al libro capital de este autor inclasificable, “El caos”: “Wilcock descubre que el orden aparente de las vidas y de los días es apenas un accidente, una excepción, siempre a punto de ser desbaratada, y borrada, cuando el verdadero amo del mundo repare en ella”.
Queda por fin, repetir lo que expresa el diccionario al definir estereoscopio; "Aparato en el que, mirando con ambos ojos, se ven dos imágenes de un objeto, que al fundirse en una,
producen una sensación de relieve por estar tomadas con un ángulo diferente para cada ojo".
Con tales definiciones, puede uno aproximarse a esta suma de variada lectura (y lección) como es el presente libro. “El caos” fue reformulado por el autor en 1974, aunque databa de 1960. “El estereoscopio”, con el que tiene tantas afinidades, es de 1972. No resulta entonces arbitrario encontrar en ambos libros múltiples vasos comunicantes.
En todos ellos se dan cita la heterodoxia, la percepción del caos inminente, la crueldad, el ácido humor, la punzante ironía, el absurdo, la nota surrealista. Wilcock fue el rebelde de un cuarteto integrado por Borges (a quien admiraba), Bioy Casares (que llegó a detestarlo) y Silvina Ocampo (quizás su mejor amiga, con quien escribió “Los traidores”). Asfixiado por el peronismo de los ’50, optó por partir a Europa, primero a Londres, luego a Italia, en uno de cuyos pueblos buscó refugio, como también hizo lo propio con el idioma, porque la mayor parte de su obra final la escribió en italiano. Allí iba a morir, solitario, empobrecido, eterno insatisfecho, perenne iconoclasta, en 1978, luego de haber actuado como extra en “El Evangelio según Mateo”, de Pasolini y  de haber comenzado a ser admirado por grandes autores peninsulares, entre ellos Ítalo Calvino y Alberto Moravia.
“Maestro de las apropiaciones sutiles, de las imitaciones que superan el modelo, de la insinuación alusiva y la referencia demoledora”, como bien señalan en contratapa, Wilcock es el escritor para leer. Y para releer reiteradamente. (La Bestia Equilátera, 2017, 198 páginas. Traducción de Ernesto Montequin. Prólogo de Luis Chitarroni. En Argentina: 260 pesos).


“La tierra elegida”, por Juan Forn. Hace exactamente una década el argentino Juan Forn publicó la primera edición de este libro que luego fuera seguido por “Ningún hombre es una isla” (2010). Ambos libros componen la actual reedición de “La tierra elegida”, una recopilación de artículos referidos en su gran mayoría a libros y escritores, que el autor nacido en Buenos Aires y radicado en Villa Gessell volvería a compilar en los tres tomos que integran “Los viernes”, amplísima selección de similares características (2015-2017).
Si hay algo que singulariza los textos del autor de “Nadar de noche” es la intensidad. Y también la pasión. Pasión por autores, por libros, por personajes que, como los pintores Rothko y Balthus o el nazi Albert Speer, salen de la media. Forn pone toda su energía para narrar episodios históricos, trazar perfiles de personajes del pasado inmediato, para contarnos anécdotas que atrapan, importan. John Berger y Joseph Roth, Saul Bellow y Sándor Márai, Kawabata y Babel, Tolstoi y Kafka, Bernard Shaw, Pessoa y Nabokov. De todos ellos cuenta un amplio anecdotario, pleno de interés, sin evitar a veces incursionar en hechos que tienen que ver con su propia vida, como le ocurre al historiar la vida de un bisabuelo, almirante argentino que tuvo su doble vida en Japón, a quien termina vinculando con Giacomo Puccini y su ópera Madame Butterfly.  
Algunas páginas cobran particular consistencia, como cuando reconstruye su búsqueda personal de libros de Márai (y logra encontrarse con dos de sus novelas que un paciente librero guardó durante cincuenta años en su librería de viejo en Buenos Aires) o todo el largo episodio que dedica al sacrificado escritor ruso Isaac Babel, que va a concluir con la conmovedora frase que nunca pudo decirle su hija, porque esperó su regreso en vano: “Al fin llegaste. Dejaste tanto y al mismo tiempo tan poco para saber de ti. Siéntate y cuéntamelo todo”.
Es por cierto imposible, y hasta gratuito, elegir “el mejor” de los treinta artículos que componen el libro, aunque sí puede decirse que se destaca con creces el dedicado al científico italiano Ettore Majorana (“El hombre que no inventó la bomba atómica”) un pacifista sobre el que se dejó de tener noticias antes de la invención de la referida bomba, quien habría desaparecido para no tener vínculos con el espantoso artefacto, para conservar su perfil de humanista convencido. “La tierra elegida” es también una apuesta, la de Forn por la creación, por la felicidad y a veces el dolor de gestar el hecho artístico. Gran libro de un gran articulista. (Emecé, 2017, 389 páginas. En Argentina: 385 pesos) 

martes, 11 de julio de 2017

Guillermo Cabrera Infante, tres tomos de sus Obras Completas

Composición: Gerardo Morán
Al cubano Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 1929-Londres, Gran Bretaña, 2005) se lo ha leído con grandes prejuicios ideológicos por haber sido durante la mayor parte de su vida un acérrimo opositor al régimen castrista. Fue un gran escritor que colisionó casi siempre con el poder de la isla caribeña y desde 1965 hasta su muerte cuarenta años después vivió en el  exilio.
Esos hechos dieron como resultado la dispersión de su amplia obra y el rescate tardío de varios trabajos que quedaron póstumos. La editorial española Galaxia Gutenberg, con la inestimable colaboración de la viuda del autor, Miriam Gómez, y, de manera fundamental, del especialista Antoni Munné, se encuentra exhumando tanto textos que se rescataron varios años después de su muerte (“La ninfa inconstante”, “Cuerpos divinos”, “Mapa dibujado por un espía”), como dedicándose a la publicación sistemática de sus Obras Completas, de las cuales se llevan editados los tres primeros tomos.
Al cumplirse este año el 50º aniversario de la edición definitiva de su novela capital, “Tres tristes tigres”, hubo dos reediciones a las que se consideró definitivas. Una encarada por Seix Barral de España (este año) y la segunda al incorporarla formando parte de “Habanidades” (tercer tomo de las Obras Completas, publicado al fines del pasado año en Madrid.)
La obra de Cabrera Infante es muy amplia. Está integrada por novelas, relatos, textos literarios, textos políticos, abundantes –y fundamentales- comentarios sobre cine y guiones fílmicos. Tanto es así que las Obras Completas comprenderán un total de ocho tomos, del orden de las mil páginas, promedio, cada uno.

El cronista de cine. El amor por el cine a Cabrera Infante le nació de niño, cuando su madre, en una casa de militantes comunistas ortodoxos y empobrecidos al máximo, noche a noche les hacía una extraña propuesta, que casi parecía un conjuro: “¿Cine o sardina?”, preguntaba a sus dos pequeños hijos. Era como una prueba de fuego, porque si optaban por ver películas en el cine del pueblo se quedaban sin comer. Pero el cine, la ilusión del cine, con la misma pasión de un Manuel Puig, estaba por encima de todo, y la familia de Cabrera Infante optaba por la ilusión de la pantalla plateada, famélicos pero al mismo tiempo satisfechos por las historias hollywoodenses, mexicanas o argentinas que “deglutían”, noche a noche.
No mucho más tarde, Cabrera Infante con el seudónimo de G. Caín se transformaría en uno de los más agudos críticos de cine de La Habana prerrevolucionaria de los 50, un cronista sin par al que conoceríamos ya en los ’60 del siglo pasado a través de su gran libro “Un oficio del siglo XX”. Más tarde llegarían “Arcadia todas las noches” (1978) y “Cine o sardina” (1997).
“El cronista de cine” (2012, 1.530 páginas), es el primer tomo de las Obras Completas. Además de incluir a “Un oficio del siglo XX”, en el que aparte de contener un sinfín de críticas, Cabrera Infante juega con el “fantasma” de su seudónimo G.Caín, Munné se ha tomado el monumental trabajo de recopilar centenares de comentarios que GCI escribió en publicaciones efímeras de La Habana, abarcando el período 1954-1960. También incluye artículos más extensos y grandes reportajes, entre los que se destaca el que le hizo a Marlon Brando, aunque el joven y audaz periodista de la época no desmerece ante otras figuras trascendentes, tales como Graham Greene, Tennessee Williams, Alec Guinness o Luis Buñuel.
Es notable cómo, en medio de una isla “perdida” en el Trópico, Cabrera Infante supo advertir los cambios que vivía el cine de la época, que respondía a la presencia de la televisión, el fin de la época dorada del mundo de Hollywood y el nacimiento del llamado cine de autor, con epicentro en la Francia de la nouvelle vague.
Estaba sorprendentemente “al día”, supo ver antes que muchos la maestría de Hitchcock, a quien siempre le dedicó brillantes páginas, y entender a autores que debían luchar contra la censura y la incomprensión, como ocurría con Buñuel. Dueño de un humor sin par, las breves reseñas o los artículos más extensos muestran a este joven cronista brillando con luces propias, supongo que ante la indiferencia de muchos de sus contemporáneos.

Mea Cuba, antes y después. El segundo tomo (2015, 1.260 páginas) muestra tanto al Cabrera Infante que adhirió con fervor a la revolución cubana como al que luego se volvería intransigente opositor. En el primer caso se incluye su magnífico libro de cuentos “Así en la paz como en la guerra” (1960), compuesto por ficciones de amplia diversidad temática, pero al que le añadió una serie de viñetas, de fuerte denuncia, sobre hechos brutales registrados durante la represión del régimen del dictador Batista.
Con todo, poco duraría el “idilio” entre el escritor y el régimen revolucionario. Luego de que se cerrara un suplemento que dirigía, “Lunes de Revolución”, fue trasladado a una suerte de exilio dorado (agregado cultural en la embajada de Bélgica), Debió regresar a Cuba por el deceso de su madre y después de permanecer obligado en La Habana durante considerable tiempo sin que se definiera su destino (sospechado por todos, sin aclaración ninguna; todo eso lo relata muy bien en “Mapa dibujado por un espía”, que antes proyectaba titular “Ítaca vuelta a visitar”), opta por el exilio.
En el ínterin recibe el prestigioso premio Biblioteca Breve por “Vista del amanecer en el Trópico” (afectado por la censura franquista) al que transformaría en “Tres tristes tigres”, que la censura española tampoco dejaría en paz, mientras el libro no circularía en Cuba.
El segundo volumen de las Obras Completas sigue esa trayectoria con la inclusión de los títulos  “Vista del amanecer en el Trópico” (1974, viñetas sobre la historia cubana que nada tienen con ver con la primera versión de “Tres tristes tigres”), “Mea Cuba” (1992) y “Vidas para leerlas” (1998). Gracias a otro amplio trabajo recopilatorio de Munné, se agregan al comienzo textos favorables a la naciente revolución que publicó en La Habana antes de partir al exilio y otros, ya residente en Europa, de gran confrontación con el régimen de los hermanos Castro, que hoy parecen tan actuales como ayer, pese al tiempo transcurrido. Preñados de denuncias, los textos reclaman una atenta lectura y promueven, claro está, la discusión y el debate que giran en torno a la libertad y a la democracia, debate más vigente que nunca.

Habanidades. El tercer tomo (2016, 952 páginas), está integrado por "Tres tristes tigres" y "La Habana para un infante difunto". Cabrera Infante siempre fue un gran rebelde, tanto en las letras como en la política. Vanguardista, confrontador, fue un revolucionario de las letras y eso quedó más que evidenciado en “Tres tristes tigres”, un interminable juego lingüístico, en el que están presentes como protagonistas el habla popular y la noche habaneras, hijo del non sense, el surrealismo, el retruécano, los artilugios verbales y los fuegos de artificio que ofrece el habla cuando se lo utiliza con humor y heterodoxias surtidas.
Sigue destacándose la suerte de saga sobre el asesinato de Trotsky según los presuntos textos de autores de la época, de Cuba, tales como Alejo Carpentier, José Lezama Lima o Virgilio Piñera, juegos verbales atribuidos a un supuesto personaje apodado Bustrofedón, amigo del artificio verbal, recordado al “momento” del relato (el relato es una manera de decir, porque no hay en rigor una historia, sino un sinfín de textos sueltos, de escasa o nula conexión entre sí), fallecido por una operación en el cerebro, cuyos amigos lo recuerdan celebrando sus interminables anécdotas.
También se “filtra” la historia de una mujer de enorme figura y gran voz cuya vida y sus situaciones entre extraordinarias y miserables se van narrando bajo el título genérico de “Ella cantaba boleros” (que luego, en 1996,  sería reeditado como texto independiente). Es quizás la historia más sólida en estas largas cuatrocientas páginas que va como disolviéndose al final, cuando los amigos Silvestre y Arsenio Cué se terminan enredando en un diálogo absurdo, cargado de retruécanos, de juegos verbales –tanto en castellano “habanero” como en inglés- que se extiende a lo largo de las páginas y que parece hablarnos de un vacío existencial, imposible de solucionar. Y quizás de comprender a cabalidad.
Si pasados cincuenta años, cierta “gratuidad” se desprende de muchas páginas de “Tres tristes tigres” resulta más liviana aún “La Habana para un infante difunto” (1979), la sorpresiva novela con la que reapareció GCI luego de varios años de silencio como narrador.
Estas memorias fueron escritas en Londres entre 1975 y 1978 y tienen la confesa intención de recuperar al “Infante” que fue en La Habana previa a la revolución castrista, en los ’40 y en los ’50, centrado todo en sus experiencias amatorias.
Cabrera Infante dio su personal explicación sobre el porqué de esta novela. Temía no poder volver a escribir luego de haber tenido que ser internado en un instituto psiquiátrico, después de haber sufrido episodios de delirio persecutorio. El régimen de La Habana no lo dejaba en paz y él comenzó a sentirse asediado más allá de la realidad concreta, que no le fue nada sencillo de soportar.
El resultado es un recordatorio de sus lides amatorias desde que llegó de un pueblo campesino a La Habana en 1941, a los doce años, y con su familia se instaló en un solar o casa comunitaria (en la Argentina lo llamaríamos un conventillo). De allí en más se suceden las anécdotas que tienen que ver con sus esfuerzos, tantas veces frustrados, de relacionarse con el sexo femenino. La novela es crudamente erótica y resulta carente de contextos históricos y sociales, lo que le hubiera conferido una mayor riqueza, aunque es evidente que ese no ha sido el propósito del autor.
Sin embargo y casi contradiciéndome, destaco el cierre de “La Habana para un infante difunto”, con su epílogo Función continúa, que se inicia en una sala de cine, cuando el personaje que narra vive una presunta relación amorosa con una mujer, que luego se transforma en una comedia de enredos (al protagonista se le pierden entre las faldas de la mujer un anillo y un reloj pulsera) y que luego de una serie de equívocos “da” un salto surrealista para volverse una notable novela de aventuras que se desarrolla en un mundo algo monstruoso y paralelo, relato en el que quedan en evidencia todas las virtudes literarias del narrador.

Mucho para leer, mucho para celebrar, mucho para discutir. El eterno rebelde nunca fue un conformista. Estas páginas, que suponen un gran rescate, están aquí para ratificarlo.

Datos para una biografía;

Guillermo Cabrera Infante nació en Gibara, provincia de Oriente, Cuba, el 22 de abril de 1929 y falleció en Londres el 21 de febrero de 2005. Su vocación literaria fue muy temprana. Estudió periodismo y en 1954, con el seudónimo de G. Caín, empezó a ejercer como crítico cinematográfico en la revista “Carteles”, de la que llegaría a ser jefe de redacción. Fue fundador y director del magazine literario “Lunes de Revolución” hasta su cierre en 1961. En 1962 viajó a Bélgica como agregado cultural. Regresó a Cuba, en 1965, a los funerales de su madre, renunció a la diplomacia y se exilió en Europa. Desde 1966 vivió en Londres en compañía de Miriam Gómez, con quien se había casado en 1961 y que se convertiría en su compañera inseparable. Su obra literaria se inició con el volumen de relatos Así en la paz como en la guerra (1960), al que siguieron, entre otros títulos, la novela Tres tristes tigres, que obtuvo en 1964 el premio Biblioteca Breve, Vista del amanecer en el Trópico (1974), La Habana para un infante difunto (1979), o sus libros de cuentos recogidos en el volumen Todo está hecho con espejos (1999). Su obra ensayística se extiende por todo tipo de registros: los escritos sobre cine Un oficio del siglo XX (1963), Arcadia todas las noches (1978) o Cine o sardina (1997); colecciones de artículos y ensayos, como O (1975), Exorcismos de esti(l)o (1976) y El libro de las ciudades (1999); y las reflexiones de índole política Mea Cuba (1992). Mención aparte merece su memorable homenaje al tabaco Holy smoke, escrito originalmente en inglés (1985) y que años más tarde vería la luz en español con el título de Puro humo (2000). También escribió varios guiones, entre ellos el de la película de culto movie Vanishing Point (1971). Póstumamente aparecieron La ninfa inconstante (novela, 2008), Cuerpos divinos (memorias, 2010) y Mapa dibujado por un espía (memorias, 2013). Considerado como una de las voces más brillantes y personales de la literatura en lengua española, recibió el premio Cervantes en 1997.

jueves, 6 de julio de 2017

El invitado: Andrés

Blancanieves

Andrés (Pablo Andrés Morán) es un ilustrador y humorista nacido en Santa Fe y residente en la ciudad de Buenos Aires. Ha publicado sus dibujos en varios medios gráficos.(tanto en papel como en digital), entre ellos los periódicos “Clarín”, “Nuevo Siglo”, “Catrasca”, revistas “Hola Tío”, "Nuevo Siglo", “Nueva”,  "Metropia magazine", "Magnificomics", "Somos gilipollas", entre hoy. Ha expuesto en "Cartoon festival knokke heist" (Bélgica), "Buenos Aires no duerme" y Casa Cultural del Chaco. Ha ejercido la docencia en centros culturales de Buenos Aires. Recibió el premio “Bienal de Arte Joven” como ilustrador., acordado por la Editorial Atlántida de Capital Federal.(Editorial Atlantida- Buenos Aires).

domingo, 2 de julio de 2017

"Domingo", de Irène Némirovsky. El rescate de sus grandes cuentos

Composición: Gerardo Morán
“Domingo” (“Dimanche”), de Irène Némirovsky.
Salamandra, Barcelona, 2017, 345 páginas.
Traducción de José Antonio Serrano Marco.
En España: 19 euros. En Argentina: 375 pesos.

Desde el año 2004 en adelante, el lector ha podido encontrar/reencontrarse con la sólida obra de la ucraniana-francesa Irène Némirovsky, rescatada luego de que se pudiera conocer “Suite francesa”, novela inconclusa que pudo llegar al libro gracias a sus hijas que preservaron los originales durante décadas.
Posteriormente, se recuperaron muchos otros textos de esta mujer asesinada en un campo de concentración en 1942, en su mayor parte escritos en francés durante la década de 1930. En todos ellos la extrema sensibilidad de la autora para exponer la condición humana ha quedado muy evidenciada.
“Domingo”, que reúne a quince cuentos publicados entre 1934 y 1941, es una antología que ratifica la alta calidad de los textos de esta entrañable autora.
Dos territorios fueron los “recorridos” por Némirovsky en sus ficciones: la Ucrania natal y el mundo burgués de su patria de adopción, Francia. En ambas sus emociones quedaron más que exhibidas. En el primer caso porque se trataba de un mundo, el de la niñez, añorado e irrecuperable. En el segundo, porque la escritora mantuvo litigios de todo orden con una sociedad en la que si bien triunfó como narradora nunca terminó de aceptarla en su seno de una manera clara, definitiva.
La siempre difícil relación con su madre, su mala vinculación con la comunidad judía a la que pertenecía pero con la que terminó rompiendo al convertirse al catolicismo, sus agudas pinturas de personajes, ambientes, relaciones humanas (con fuerte presencia de los vínculos amorosos) confluyen en estos textos breves –aunque no tan breves, porque algunos llegan a orillar el terreno de la novela corta.
Como Némirovsky es una autora admirable, difícil que en sus textos no se encuentren fragmentos, momentos, de gran hondura, de riqueza expresiva, de sabias enunciaciones. Ocurre en estos quince relatos, algunos más logrados que otros, pero todos escritos con una contundencia literaria que podría llegar al asombro ante una autora joven como lo era ella (en 1934 tenía 31 años) quien sin embargo ya sabía captar en profundidad la complejidad humana.

Rue de Las Cases en la actualidad
Nada fácil elegir. A Némirovsky le bastaban pocas pinceladas para sus “pinturas” de ambiente. Eso se registra en todos los relatos y por consiguiente resulta difícil optar algunos en detrimento de otros. Pero, en tren de elegir, se puede hablar de “Domingo”, el cuento con el que se abre la serie y da título al volumen.
En el relato, de 1934, la familia integrada por Agnès y Guillaume, los padres, y sus hijas Nadine, veinteañera, y Nanette, una pequeña, parecen vivir en el mejor de los mundos en su acomodado hogar de la calle de Las Cases, pero acá las apariencias prevalecen, ninguno se dice la verdad y nadie termina de saber qué ocurre en esa familia tan acomodada en su mundo burgués como disfuncional e hipócrita, carente de amor e imposible de rearmar.
Otro ejemplo de buena escritura y alta sensibilidad para escarbar en las contradicciones de lo humano es “Lazos de sangre”, texto de 1936, que gira en torno a la anciana Ana Demestre y los encuentros semanales con sus tres hijos y las respectivas nueras, las tensiones que no se expresan pero que están a flor de piel y que nacen de las diferencias casi irreconciliables entre los hermanos, sus esposas y las que se establecen con Ana, que tampoco pueden ser puestas a la luz.
Los valores (o desvalores) de la familia burguesa de la época son mostrados con amplitud, y sagacidad, por Némirovsky, quien pinta con diversos matices la vida escasamente feliz y nada solidaria de los hijos con su madre, de ellos entre sí, de las generalmente malas relaciones entre las parejas y los cambios que se producen cuando la madre se enferma.
El cuadro de ambiente de “Lazos de sangre” es sobresaliente y no por casualidad se destaca a este texto en contratapa del libro, en la que se comenta que el cuento también evidencia “la petulancia y el engreimiento de la burguesía parisina” de aquellos años.

Desplazados dejan París
Un cuadro de la guerra. “El señor Rose” fue publicado en 1940. Es un auténtico cuadro sobre la guerra, con un personaje rico que debe huir de su acomodada vida, con destino incierto, ante el avance de las tropas enemigas.
Como ocurriera con otros relatos y, especialmente, en “Suite francesa”, la mezquindad de quien posee y el choque que se produce con el dolor y a veces la sordidez de las muchedumbres, quedan evidenciados en esta historia en la que el Monsieur Rose del cuento va enfrentándose con iniquidades, problemas y realidades a las que no está acostumbrado, encontrando solidaridad inesperada en un muchacho de pueblo, quien lo ayuda cuando el rico deja de ser tal y debe seguir viviendo en la intemperie y el desconcierto.
Destaco esos tres cuentos, pero sin desmerecer a otros de gran calado, entre los que se encuentran “El conjuro” (1940), con fuertes reminiscencias autobiográficas que remiten a los tiempos de su niñez,  y “El espectador” (1939), cuento sobre la guerra, nueva pintura casi despiadada sobre la frivolidad burguesa (y el precio que a veces se paga por ella).
Se podría decir que la autora supo conocer en profundidad a sus congéneres y logró pintarlos hasta lo más profundo con sus luces y sus sombras, dejando como legado textos de verdadera jerarquía, inolvidables en no pocos casos.
Los relatos aquí incluidos aparecieron tanto durante la feliz y breve etapa de sus días de gloria como escritora, como en otros, más desgraciados, en los que tenía que firmarlos con seudónimo y que debió escribirlos para sobrevivir, porque su condición de judía iba cerrándole todos los caminos cuando mandaba el nazismo en la Francia ocupada.
Apena saber qué ocurrió con ella y su marido, Michel Epstein, los esfuerzos inútiles que hizo éste para ayudarla al saberla prisionera (a él le tocaría seguir el mismo luctuoso camino un tiempo más tarde) y en forma simultánea reconforta que el lector contemporáneo haya podido reencontrarse con una literatura tan sólida, tan entrañable. Esta selección de relatos viene a completar una obra que se mantiene incólume y que con justicia se ha podido recuperar de manera integral.

Tapa de la edición
francesa
“’Qué prisa tienen todos –se dijo Agnès, mientras sus delgadas y ágiles manos doblaban mecánicamente la servilleta de Nanette-. La única…’.
La única para la que el maravilloso domingo no tenía el menor atractivo era para ella.
‘Nunca hubiera imaginado que se volviera tan casera, tan apática –pensaba Guillaume. Miró a su mujer, aspiró el aire con fuerza, hinchó el pecho, feliz, orgulloso de sentir el vigor que el buen tiempo parecía infundir a su cuerpo-. Estoy en inmejorable forma. Aguanto el tipo de un modo asombroso- siguió diciéndose, mientras pensaba en todos los motivos, las crisis, los problemas de dinero… Germaine, que se aferraba a él, el diablo se la lleve, los impuestos… todo lo que en buena lógica habría podido entristecerlo, deprimirlo, como a tantos otros. ¡Pero no!-. ¡Siempre he sido así! Un rayo de sol, la perspectiva de un domingo fuera de París, en libertad, una botella de buen vino, una mujer hermosa a mi lado, ¡y vuelvo a tener veinte años! Estoy vivo’, se felicitó, contemplando a su mujer con sórdida hostilidad. Su gélida belleza lo irritaba tanto como la mueca crispada y burlona de sus labios finos.
-Por supuesto, si paso la noche en Chartres, te telefonearé –dijo en voz alta-. En cualquier caso, estaré de vuelta mañana a la mañana. Pasaré por casa antes de ir al despacho.
‘Uno de estos días –se dijo Agnès con una dolorosa y extraña frialdad-, después de una comida demasiado pesada, el coche, con él y la mujer a la que acaricia, se estrellará contra un árbol. Una llamada de teléfono desde Senlis o Auxerre… ¿Sufrirás?’, le preguntó con curiosidad a una imagen invisible y muda de sí misma que permanecía atenta en la oscuridad. Pero, silenciosa e indiferente, la imagen no respondió, y la corpulenta figura de Guillaume se interpuso entre el espejo y Agnès.
-Hasta pronto, querida.
-Hasta pronto, querido.”.

Irène y su hija Denise
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